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No hace tanto tiempo, en una galaxia cercana, alguien hizo creer a Pachi que algún día sería el presidente de todos los vascos y las vascas. Más tarde, cuando el bachiller andaluz Montilla escaló hasta la presidencia de la Generalitat, a Pachi ya no le quedó ninguna duda: el PSOE se estaba convirtiendo en una máquina de deglutir aliados. El Big Bang socialista arañaba, al fin, las fronteras de la tierra que lo vio nacer.
En otoño de 2004, el secretario de Seguridad y Justicia del PP, Ignacio Astarloa, le preguntaba a Rodríguez si la proposición de ley que el Grupo Socialista iba a presentar para despenalizar la convocatoria unilateral de un referéndum respondía a "un acuerdo" de su formación con el PNV para obtener su respaldo en los presupuestos. Una vez más, el PP mostraba su gran dominio de la estrategia y, en vez de jugar con escenarios a cinco o diez años vista, iniciaba su pedaleo hacia el fondo de la noche.
Algunos analistas políticos han visto el previsible fracaso del referéndum de Ibarreche como el antídoto victimista habitual para garantizar una buena recolección de nueces en las autonómicas; otros, lo entienden en clave de escudo discursivo para salvar a los seguidores de Arana de un destino similar al de CiU. Pero las decisiones tomadas por Rodríguez antes y después de su primera victoria en 2004 muestran que todo el pescado está vendido desde hace demasiado tiempo y que nada es más útil para el PSOE que un PNV fuerte en local y sumiso en lo global. Un PNV glocalizado, parecido a la CiU que Rodríguez soñaba antes del montillazo, garantizaría al PSOE una posición de privilegio, ya que permitiría diversificar el discurso frentepopulista y erigirse, cuando la coyuntura lo aconseje, en el administrador del palo de goma y la zanahoria al nacionalismo.
Aunque en 2006 el entonces ministro Sevilla veía imposible que Montilla presidiera Cataluña porque "era pronto para un charnego", los planes de Rodríguez se torcieron. En la euskolandia aranista, algo así es inimaginable, por mucho que Ernesto Ladrón de Guevara le asigne a nuestro Pachi el papel de certificador de calidad. Porque Pachi es, en sí mismo, el mejor seguro para evitar un montillazo. Sus acciones más repugnantes, como la protagonizada en la capilla ardiente de Isaías Carrasco, sólo son útiles para unas generales. Si Pachi se parara a analizar la estrategia que le diseñan en las autonómicas, se daría cuenta de la intercambiabilidad de posiciones con el PNV en las generales. Y si lograra hacer un ejercicio de memoria histórica, un determinista como él asumiría que la historia se repite.
A Pachi, que quiere ser un montillari para Rodríguez, le esperan tiempos duros. Si fracasa, ejercerá de felpudo del nacionalismo, como un Madrazo cualquiera. Y si gana y le tumba el chiringuito a la gente de Arana, entonces sí que se le puede pronosticar literalmente aquello de "morir de éxito".
Joan Valls es editor de debate21.com.
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