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El Comité Ejecutivo del Partido Popular ha servido para dejar bien claro que estamos ante una crisis inevitable y más bien estruendosa. Más de cuatro horas reunidos en una cita que abrió de nuevo la caja de los truenos. ¿Ha aportado esta Ejecutiva alguna solución? Ninguna. Absolutamente ninguna. La única evidencia es que, lejos de cerrar diferencias, el Congreso de Valencia se puede convertir en un choque de trenes entre dos visiones irreconciliables del futuro del PP.
Sería engañarse a uno mismo pensar que estamos simplemente ante una guerra de nombres o de ambiciones personales. La confrontación es entre dos modelos de partido: un PP que renuncia a los principios que le llevaron al poder, frente a otro que se resiste a que la Nación y la libertad dejen de ser los valores esenciales.
La primera propuesta, impulsada por Rajoy y avalada por su nuevo equipo, busca un modelo de consenso con los nacionalistas, que se sube al carro del laicismo, que renuncia al modelo de España defendido hasta ahora y que pretende mimetizarse con el paisaje a través del pasteleo, la renuncia y el complejo. No deja de ser curioso que se empeñen en cambiar el fondo y no quieran ni oír hablar del liderazgo, cuando esa es la gran deficiencia que ahora mismo sufren. Con un liderazgo mejor administrado no habría ocurrido nada de lo que está pasando y el grado de descomposición actual se hubiese evitado sin problemas. No se ha querido ver así y el aparato se ha atrincherado detrás de una estructura que se antoja cada vez más débil. No les vale el Partido Popular de Aznar e intentan a marchas forzadas fabricar un nuevo PP que nada tenga que ver con el conocido hasta ahora
Por otro lado, están los que desde el aparato han sido calificados como críticos y que son simplemente los que no quieren avergonzarse del pasado y que por más que pretenden también corregir errores, solo faltaría, no quieren renunciar a nada. Son los que apuestan por un liderazgo claro y nítido; los mismos que tienen claro que el futuro no pasa por abandonar los principios, sino por apostar claramente por la identidad de un partido que nunca había dudado de sus valores. Por eso estamos ante un choque de trenes y no ante una mera discrepancia de matiz. Hablar de nombres y de listas es simplemente quedarse en la superficie. El problema es mucho más profundo. En Valencia tendremos la solución.
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