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El sida moral de la clase política contemporánea es el relativismo. Tan es así que el propio término "moral" es evitado en las crónicas de los mass media occidentales, tenido por conservador y/o arcaico. Un ejemplo de ello es el caso Chávez o, lo que es lo mismo, la indiferencia de buena parte de la comunidad internacional ante el caso Chávez. La indiferencia cuando no la complicidad.
Nunca se sabe qué piensan los representantes de las democracias consolidadas cuando coinciden en un evento internacional con personajes como Hugo Chávez. Tal vez algo por el estilo de "qué pintoresco personaje, es hasta divertido". O "si lo eligieron los venezolanos, pues que aguanten". O "mejor pasar de éste, que habla demasiado y con la boca llena". En cualquier caso, el cuadro es desolador: tenemos que un financiador de terroristas, un militarote despreciable, un ex golpista que escupe contra el viento se pasea orondo por los eventos, cónclaves y casas de gobierno de medio mundo sin que ello merezca otra reacción que la cronología periodística de sus exabruptos. En un escenario en el que la ética fuera un valor establecido –y sin darle la menor importancia a su condición de presidente elegido en las urnas–, a Chávez, sencillamente, se le negaría el saludo. En cambio se le tolera, a ratos con mal disimulada satisfacción.
Recientemente, Interpol certificó lo que era un secreto a voces: el gobernante venezolano no sólo es un simpatizante abierto del terrorismo, sino que lo promueve y hasta financia. Ya sólo con promoverlo –esto es público y notorio, la Interpol no intervino en el descubrimiento–, bastaría para que en un mundo en el que el sentido común primara –o más razonablemente, uno en el que la ética formara parte del sentido común– se le cerrara una y otra vez la puerta en la cara al gorila golpista. Por supuesto, generalmente ocurre lo contrario. El relativismo se calza los guantes y le tiende la mano.
Lo más curioso es que la izquierda, en su infinita capacidad mediática –en un sentido histórico, y a escala global, somos testigos de excepción del triunfo de lo relativo sobre lo ético–, ha consolidado e impuesto unas maneras de las que todos se sirven en casi todas partes. Las maneras, incluso, han logrado despistar a un sector de la derecha, inclinándolo peligrosamente hacia el vacío del barroco ideológico, que es como decir hacia la nada ideológica del artificio como idea. En este sentido, otro ejemplo es el de la deriva facha –porque lo que se persigue es el levantamiento de una fachada mediáticamente redituable– del Partido Popular (PP) en España, la cual refleja esa ligereza naif, fashion, con que las nuevas élites diluyen lo político en lo políticamente correcto.
Una democracia partidista verdaderamente funcional nunca hubiera permitido que un perdedor al cuadrado como Mariano Rajoy continuara al frente del PP. Había que verlo en el debate televisivo previo a las elecciones, los ojos extraviados y la gesticulación caótica de quien acaba de cogerse el dedo con la puerta. Para la derecha española, lo urgente no es reconsiderar el contenido para apuntalar la forma –como quizá imagina el entorno de Rajoy–, sino a la inversa: lo urgente vendría a ser reconsiderar la forma para apuntalar el contenido. Entre otras cosas, para ello es necesario contar con políticos capaces, atractivos, que miren de frente y sepan moverse en los ambientes más inhóspitos. El relativismo puede ser confrontado. Y derrotado también.
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