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Terminado el espectáculo de ver a Federico Jiménez Losantos sentado en el banquillo, se puede reflexionar –bueno, yo al menos puedo hacerlo– con un poco más de frialdad.
Lo más obsesionante es el arco que va del atentado en Barcelona, en 1981, a las escenas de las pasadas semanas. No es cuestión de comparaciones. Es cuestión de comprobar que el mismo periodista y escritor que fue tiroteado por defender la libertad y la nación española en Cataluña acaba, veintidós años después, acusado ante los tribunales por uno de los principales líderes del partido que ha defendido esos mismos principios y que, además, el propio Federico Jiménez Losantos ha apoyado hasta el punto de convertirse en su voz cuando ese mismo partido parecía a punto de pasar a la historia.
Que el asunto es político de cabo a rabo lo ha analizado demasiado bien el propio Federico Jiménez Losantos como para repetirlo ahora aquí. Tiene otra dimensión, además de la ideológica, que afecta a la naturaleza misma del centro derecha español y en consecuencia al conjunto de la sociedad española. El azar o los duendes de los tribunales han llevado a que el juicio se celebre en plena crisis del PP, después de la derrota electoral de marzo.
La coyuntura aclara aún más el significado del hecho. Al mantener su querella contra viento y marea, Alberto Ruiz Gallardón ha conseguido escenificar mejor que nunca lo que al parecer se proponía desde el principio. Primero, mostrar que es capaz de sentar en el banquillo a un periodista –y no a uno cualquiera– que le ha criticado. Segundo, postularse a sí mismo como auténtico líder de un sector de la derecha –tampoco cualquiera, en este caso– dispuesto a sacrificar lo que sea con tal de afirmarse en el poder.
Sacrificar lo que sea quiere decir dejar bien claro que el sector de la derecha que aspira a liderar Gallardón ha dado el giro definitivo y ha aceptado la imagen, los argumentos y la actitud lo que sus adversarios políticos le proponen. No habrá espacio para quien no participe de ese nuevo consenso forjado a partir de la ruptura por parte de la izquierda de los consensos previos, siempre muy frágiles, bien es verdad.
La clave, encarnada en las víctimas del terrorismo, está en la existencia o no de un proyecto nacional. Una vez que se rompe ese dique, como se está rompiendo en estos mismos momentos después de un largo proceso de resquebrajamiento incansablemente denunciado por Federico Jiménez Losantos, todo es posible. El ejercicio de la libertad de expresión, y pronto la de conciencia, pasan a ser un ejercicio de disidencia, un acto heroico. Lo que parecía limitado a algunas regiones españoles nos ha alcanzado a todos.
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