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Debo confesar que amo a Barcelona. Me encanta, no porque sea mi ciudad, que sí, que algo debe influir. La amo con entusiasmo, tal y como es, bella, armoniosa y elegante, erguida, mediterráneamente seductora y fresca, con ese toque intelectual pero calzando Bikkembergs. En fin, no lo puedo evitar. Un día me enamoré y establecimos una relación más o menos formal, con nuestros altibajos y con momentos más cotidianos, algunos gloriosos, otros menos, pero manteniendo siempre la pasión.
Recuerdo cuando la ciudad era una adolescente prometedora, pionera en España de la actividad industrial, rabiosamente vanguardista y promotora de grandes editoriales, escritores, escultores y pintores, arquitectos, sopranos y tenores, médicos, actores, dobladores exquisitos de largometrajes, periodistas, músicos... Tenía una fuerte personalidad y miraba a su amigo, que se encontraba tierras adentro, de manera desafiante, retadora e incluso con media sonrisa.
Se iba haciendo a sí misma, desde su montículo controlaba el mar, testigo de muchas de sus aventuras, de sus éxitos y sus fracasos y Manuel Vázquez-Montalbán, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Félix de Azúa, Rafael Argullol o Eugenio Trías hablaban de ella, reflexionaban sobre ella, la describían con desgarro y con indisimulada admiración.
Llegó la hora de opositar y caramba, menuda plaza obtuvo. En su promoción del 92 no la olvidan. Derrochó sabiduría, preparación, solvencia; supo rodearse de un excelente y sólido equipo; logró ser integradora, políglota; no cayó en mediocridades y su estilo femenino, de sobrio colorido, arrolló de norte a sur, de oriente a occidente.
Pero el que fuera uno de sus mayores logros empezó a convertirse en un reto permanente, con la asfixiante presión que sólo conoce el auténtico campeón. Y empezó a creerse que sería eternamente la reina del baile de fin de curso, que la belleza era perenne, que para mantenerse en forma no necesitaba cuidar la alimentación, la bebida y el ejercicio. No acabó de ver que estar acompañada de la gente adecuada es siempre clave del éxito, que hablar más de una lengua es algo absolutamente enriquecedor, que hay que mantener la mirada al frente y la cabeza bien alta pensando en nuevos y ambiciosos proyectos, en estimulantes retos y sanas aspiraciones.
Barcelona inició la tendencia a pensar demasiado sobre ella misma y a creerse invencible y algunas de sus visitas habituales empezaron a llamar insolentemente a su amigo que allí, en el interior, había empezado en silencio pero imparable un camino laborioso, emprendedor, sabedor de sus defectos y de sus virtudes, que explotaba de manera inteligente, manteniendo sus raíces pero apostando por el diseño, la tecnología y mimando a sus nuevos visitantes.
Ahora ella tiene sed, sus contactos profesionales frecuentan también a otras y su energía se apagó hace un año, dejando a su gran familia a oscuras, causando alguna que otra decepción y muchos gastos.
Yo la sigo amando y le seré fiel, pero a pesar de sobrevivir a todo y a todos quiero que en su madurez recupere el carácter vigoroso y deseo animarla a seguir como siempre, adelante, y que sepa de dónde viene y hacia adónde va –porque siempre lo supo– y que no se deje influir por gentes cortas de miras, ensimismadas y encorsetadas, que hacen de la vulgaridad su seña de identidad.
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