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No cabe duda que Brasil está jugando muy bien sus cartas en materia de petróleo. Los monopolios petroleros nacionales en el mundo tienen la propiedad del subsuelo donde están hoy los hidrocarburos en potencia, pero la mayoría no puede o no quiere explotar esos prospectos; por su parte, las petroleras privadas, muy debilitadas en comparación con lo que fueron hace décadas, buscan hacerse con más crudo para aprovechar los altos precios, pero casi no tienen acceso a nuevos yacimientos.
Salvo excepciones, ni unos (los monopolios nacionales) ni otras (las petroleras privadas) están muy contentos viendo los altos precios del petróleo porque esta vez no son producto de la estrategia de un cartel de productores (la OPEP), sino que se deben a que se esfumó el colchón de inventarios –unos 10 millones de barriles diarios– que en años pasados servía para estabilizar los precios frente a choques temporales de oferta.
Sin ese colchón y casi agotados en el mundo los yacimientos "fáciles" de explotar, la demanda, que ante cualquier evento imprevisto (por ejemplo, un huracán) fácilmente rebasa la oferta presente o la previsible en el futuro próximo, es la que manda, no un cártel de productores, ni de consumidores, ni siquiera un puñado de especuladores en los mercados de futuros. Lo explica brillantemente Alan Greenspan en el capítulo 24 en The Age of Turbulence.
Lo lógico sería que los monopolios nacionales controlados por los gobiernos invirtieran frenéticamente en hacer viables sus recursos prospectivos, pero parece que no pueden o no quieren hacerlo. La mayoría de esos países ni siquiera aprovecha eficazmente los ingresos petroleros de hoy para buscar fuentes alternativas de energía para mañana.
Una excepción notable es la petrolera estatal brasileña, Petrobras, que ha aprendido a funcionar con lógica de mercado y no de "mascarón de proa nacionalista" –le ayuda mucho haber colocado parte de su capital en los mercados bursátiles–, y que sí está explorando aceleradamente su mar patrimonial para acrecentar sus reservas y explotarlas, al mismo tiempo que actúa en todo el mundo con la flexibilidad de una petrolera privada y sin complejos. Esta estrategia ganadora, para Brasil, acabará por beneficiar a los consumidores de todo el mundo, ya que tarde o temprano una mayor oferta de petróleo ayudará a disminuir los precios y estabilizarlos.
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