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El director general de Air Berlin vivía hasta hace poco en el error. Pensaba el hombre que habitaba en una Europa sin fronteras, "una Europa en la que cada uno puede preservar sus peculiaridades culturales, pero en la que se sitúa en primer plano lo que une y no lo que separa". Además, tenía la certeza de que eran él y los accionistas quienes mandaban en la empresa. Pues no. No en España. La jefa de la policía lingüística de Baleares se lo hizo ver con claridad meridiana. Aquí, señor Hunold, se exalta la diferencia y se erradica la semejanza, y en las empresas es el Gobierno quien manda. Más aún, si uno se resiste a someterse a sus dictados, le llaman "nazi", lo cual, proferido por un nacionalista, sea un asaltapiscinas o un asaltapresupuestos –condiciones que no son excluyentes– es como si unos fascistas le llamaran "facha".
Ocurre que los nacionalistas de España están muy mal acostumbrados. Durante décadas, esa ínfima minoría en términos electorales, ha podido hacer y deshacer a su antojo. Deshacer, ante todo. Es sabido que han deshecho con el consentimiento de los dos grandes partidos y últimamente con la colaboración plena del PSOE, pero se olvida con frecuencia a los múltiples cooperadores necesarios. Millones de personas, sólo sobre el papel ciudadanos, han aceptado sin rechistar la pedagogía del odio, el empobrecimiento cultural, la reducción de la libertad y la vulneración de derechos que el nacionalismo ha entronizado. Y al frente de esa nutrida legión de la cobardía cívica, ha estado siempre la plana mayor y mediana del poder financiero y económico. La rebelión de Air Berlin contra la imposición lingüística ha sido un brote excepcional en el páramo de la sumisión absoluta.
De manera que los nazis españoles se han abalanzado contra el disidente extranjero con las armas que tan buen resultado les han dado en estos lares; esto es, le han acusado de menospreciar la cultura catalana y le han hecho chantaje. No otra cosa es la advertencia del Gobierno de Montilla de que Air Berlín debe anteponer "los resultados económicos" de su empresa a los "posicionamientos ideológicos". Pues ha de saber el señor Hunold, quien pensaba también, ingenuo él, que vivía en una Europa libre, que expresar ideas que colisionen con las nacionalistas puede tener graves consecuencias económicas. Esta es la razón por la que se han mantenido tan silentes y obedientes los heroicos empresarios españoles y por la que ha tenido que ser él, empresario de un país que conoció el desvarío nacionalista a fondo, quien diga en alta voz que ese rey está desnudo.
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