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La verdad, señor Blanco, que son muchos los epítetos que recoge el diccionario de la Real Academia Española para caracterizar a alguien como usted, diríase que algunos de los peyorativos se los hubieran hecho a medida. Pero no está en mi ánimo insultarle.
Me deja perplejo cuando señala que, probablemente, a usted le han insultado más que a Gallardón y además la misma persona. ¿Qué significa "probablemente"? ¿Que no sabe si el insulto ha sido más grave? ¿Que no sabe si ha sido a usted? ¿Que no sabe si le han insultado? O simplemente, que no sabe usted nada y además lo manifiesta.
Se ha erigido, don José, en juez supremo de los límites de la libertad de expresión. Para semejante hazaña ha contado con el soporte de La Razón. Lo cierto es que últimamente este diario da la impresión de andar en busca del espacio perdido. Sólo falta que fichen a Zarzalejos.
Le voy a explicar algo para ver si así yerra usted menos de lo habitual, lo que por otra parte no tendría ningún mérito. Insultar es ofender a alguien provocándolo e irritándolo con palabras o acciones. La ofensa, resultado del hecho de ofender, es humillar o herir el amor propio o la dignidad de alguien, o ponerlo en evidencia con palabras o con hechos. Quédese con esta segunda parte; hay unas veces que los cuernos duelen cuando el cornudo se entera y otras veces que duelen cuando se enteran los demás.
De este modo se entiende lo ofendido que estaba Gallardón por el hecho de que Federico Jiménez Losantos afirmara, con toda la razón del mundo, que había traicionado a las víctimas de los atentados del once de marzo.
Pero, siguiendo con su entrevista, en ella también descubre usted su ignorancia respecto a lo que es la libertad de expresión, al declarar que el insulto no cabe en ella. Pues se equivoca, don José, se equivoca usted otra vez. Lo que no cabe en la libertad de expresión, y constituye su único límite en una democracia que pretenda llamarse tal, es el Código Penal.
No va mal usted de orgullo, que significa exceso de estimación propia. Lo demostró cuando escribió esto en su blog: "Me he resistido en estos últimos meses a confesar públicamente mi simpatía hacia Barack Obama para no interferir en lo más mínimo en el proceso de elección que estaba desarrollando el Partido Demócrata." Es increíble su desconexión de la realidad. Como si en Illinois los demócratas no votaran hasta no oírle posicionarse. ¡Qué derroche de necedad!
Definitivamente, señor Blanco, lo suyo es la hipocresía, que significa aparentar cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen. Ahí es usted un consumado maestro, pues afirma que no hay que insultar y se ha pasado usted los últimos seis años insultando a todo el mundo, empezando por Aznar y terminando por el propio alcalde de Madrid, a quién usted, que dice proscribir el insulto, termina llamando soberbio en esa misma entrevista. Fíjese, don José: en eso, por obvio, estamos de acuerdo.
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