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Nicolas Sarkozy estuvo en Beirut con un séquito digno de los sultanes de Persia, pero sin Pedro Domecq, que estaba en el fútbol. Era, se dijo, para manifestar la solidaridad de Francia con el pueblo libanés. Estuvo acompañado del primer ministro, de otros miembros del gabinete y del pelele Bernard Kouchner, y rodeado, cosa inédita, de los jefes de los principales partidos, hasta de Marie-Georges Buffet, secretaria del PCF, que de "principal" no tiene nada, y sigue buscando sus zapatos en las ruinas del comunismo, fue una operación de marketing lograda, pero inútil.
Pasándose de listos, los medios galos celebraron el hecho de que la delegación francesa también se había reunido y conversado amablemente con Hezbolá, que acaba de demostrar, una vez más, su fuerza. Esta organización terrorista permanece a las órdenes de Irán y un poco aún de Siria, esa nación tradicionalmente amiga del Líbano (fueron el mismo protectorado francés), que demuestra su amistad asesinando a políticos como Hariri y a periodistas que les molestan.
Resulta que Siria se ha convertido de pronto para Sarkozy en una pieza clave de su aquelarre de Unión Mediterránea. Algunos, en Francia, lo consideran un movimiento muy hábil, porque de lo que se trata es de separar Siria de Irán. La idea puede discutirse, pero ¿cómo se lleva a cabo? No será poniendo a Bernard Kouchner a bailar el chotis con Marie-George Buffet en Beirut sobre la tumba de Maruja Torres.
El neodemócrata y ex terrorista Gadafi, tan bien recibido en Paris como en Madrid, ha declarado que ni hablar de ese aquelarre de Unión Mediterránea, que considera como una nueva humillación de Europa a las naciones árabes y africanas. Y es cierto que algo de soberbio, "imperialista" o "colonialista" tiene el proyecto de Nicolas Sarkozy.
Después del viaje, Sarkozy se reunió con Angela Merkel y, según leo en la prensa, se dedicaron a discutir durante horas sobre los derechos de autor que van a pagar a Al Gore por su gigantesca estafa ecológica, convertida en religión de estado. A las naciones europeas no les faltan, sin embargo, los problemas concretos y graves, pero todos fingen esperar milagros de la Presidencia francesa de la UE. Yo no. Lo que sí espero que Irlanda vote no.
Mientras tanto, Sarkozy saborea, es de suponer, el lento aumento de su popularidad en los sondeos y el nuevo disco de Carla Bruni. Pero nada de eso va a solucionar la guerra en Irak, ni siquiera el precio del petróleo.
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