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La institución incapaz de cumplir sus funciones debe desaparecer o ser abolida, y cuanto antes mejor. El fracaso de las alternativas colectivas a la familia es una buena muestra de ello. Guste o no a los radicales setenteros y otras hierbas, a la gente los hijos propios les suelen importar bastante más que los ajenos. Una cosa es adoptar, otra muy distinta cuidar del niño del vecino.
Será por eso que casi todos los alumnos que estos días realizan la prueba de Selectividad aprobarán a la primera. Menos del 5% repetirá el año que viene. Cada vez llegan peor preparados, aunque suspenden menos. ¿Estamos locos o qué? Bien al contrario, el fracaso de la Selectividad demuestra que la Naturaleza es sabia y los políticos no. Hoy en día, el examen sólo sirve para que 150000 adolescentes pasen cuatro noches en vela, dos estudiando y dos celebrando. Y cómo celebran algunos; lo saben los médicos de Urgencias y el personal de los centros de planificación familiar.
Me figuro que la permisividad de los correctores, mitad profesores de instituto mitad de universidad, se debe a una combinación de dejadez y corporativismo, fenómenos perfectamente naturales que el sistema actual estimula hasta el paroxismo. Igual que un perro no se come a otro, un profe no suspende a los alumnos del compañero. Si yo fuera docente de Secundaria, haría con los demás lo que me gustaría que ellos hicieran conmigo: ponerles las cosas fáciles y librarles de cualquier indeseable que haya pasado por su aula. Además, hay que quedar bien con los colegas de las universidades, no vaya a ser que los suspensos les hagan pensar que no sabemos hacer nuestro trabajo. Ante la duda, redondeo ascendente; y un punto más por la presentación.
Para los profesores universitarios que malgastan su tiempo y nuestro dinero corrigiendo Selectividad, la posibilidad de que los autores de los exámenes acaben algún día en su clase es mínima, así que qué más da. Por otra parte, quiénes son ellos para decidir el futuro de una persona sobre dos páginas escritas tras una noche sin dormir. Demasiada responsabilidad.
El resultado no puede ser más ominoso: las universidades públicas, presionadas por los gobiernos para no reducir el número de plazas (los tontos lo llaman "gasto social"), optan por aumentan la nota mínima para algunas carreras y ampliar la oferta para otras, como si las letras fueran menos peligrosas que las ciencias. Un médico mal preparado puede acabar con la vida de un puñado de pacientes; un politólogo retorcido es capaz de cargarse un país entero.
Por su parte, algunas privadas se blindan estableciendo sus propias pruebas y el número de alumnos que les conviene admitir, justo lo que las públicas deberían hacer. Después de todo, a nadie le gusta lidiar con un mastuerzo en primer curso de carrera a menos que tenga un buen enchufe. Otras se convierten en señuelos de idiotas con dinero y titulitis aguda dispuestos a pagar lo que sea con tal de que el niño haga algo.
En 1982, Felipe González prometió que la educación de los jóvenes no dependería de la cartera de sus padres. Aquel demagógico "universidad pública para todos" produjo el elitismo, la segmentación, el clasismo, el fraude y el privilegio público y privado que hoy padecemos. En estos tiempos, hasta el más vago o el más idiota consigue un título universitario siempre y cuando cuente con los fondos necesarios o la paciencia suficiente (conozco gente que bromea diciendo que está en "octavo curso" de una carrera de cuatro años). En cuanto a los listos, si tienen dinero se buscarán una buena privada o se largarán al extranjero. Si no, es probable que se echen a perder en la cafetería de algún mediocre centro público.
Una selectividad que no selecciona es como una piscina en el Polo Norte. Mejor habérsela ahorrado, o enterrarla y cambiarla por algo más útil.
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