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La crisis de confianza en los políticos españoles resulta más que alarmante. Trágica. El simple hecho de que haya millones de españoles que no pueden escolarizarse en la lengua oficial de España, el español o castellano, sería suficiente motivo para llamar descerebrada a toda la casta política española. ¿Qué nación es España si no podemos escolarizar a nuestros hijos en español en una parte fundamental del territorio nacional? Es difícil encontrar otra época histórica en que los políticos sean tan crueles y despóticos como la actual, especialmente si los comparamos con los del pasado en la defensa de la nación. El compromiso que los políticos españoles adquirieron para defender la nación no lo han cumplido: el Estado-nación, al menos tal y como lo contempla la Constitución, ha muerto, o peor, está agonizando. Los políticos han matado a la nación española ocultándoselo a la "ciudadanía". El Estado-nacional ha saltado hecho añicos, pero los políticos se esconden en discursos vacíos y ridículos o en cantos retóricos a algo inexistente: la nación española.
¿Cómo ha recogido la prensa española esta traición de los políticos españoles a la nación? Hay de todo; pero, en mi opinión, existen más razones para la preocupación que para la esperanza. En todo caso, reconozco que poco me interesan las críticas "abstractas" de la prensa a los políticos, porque son tan vacías como las descalificaciones privadas a los capadores de ranas. Además, son tan ingenuas e ineficaces como los improperios tabernarios a los políticos. Otra cosa es la consideración que me merece una crítica a los políticos, aunque ésta sea muy general, hecha desde un consejo de administración o similar de una empresa, sí, desde una entidad que se juega su viabilidad económica e ideológica en esa crítica. En efecto, la crítica a los políticos desde el consejo de administración de una empresa periodística sólo puede merecer respeto y, por supuesto, comentario. Pensamiento. Digo esto a propósito de las declaraciones de Jiménez Losantos en la Junta de Accionistas de Libertad Digital: "Nuestra naturaleza es desconfiar de los políticos."
Esas palabras contienen la quintaesencia de la independencia del llamado cuarto y, sobre todo, clave poder para el funcionamiento correcto de la democracia: la prensa. ¿Cuántas juntas de accionistas de otros tantos medios de comunicación de España podrían expresarse de modo similar al citado? No lo sé; pero estoy lejos, muy lejos, de creer que exista en España, excepto raras excepciones, una prensa libre e independiente. Por el contrario, tiendo a pensar que la prensa española camina de modo inexorable hacia posiciones tan homogeneizadas y uniformes como la "clase" política que destruye el plural tejido público de la sociedad. Es cierto que la prensa española levanta acta todos los días tanto de la ineficacia y maldad del Gobierno como de la estulticia de la oposición. Esa misma prensa también denuncia las mentiras de unos y otros, y muestra, a veces, la falta de pulso de una sociedad que agoniza lentamente por la falta de creatividad política de sus clases dirigentes.
Sin embargo, dudo de que la prensa denuncie con la contundencia que requiere la circunstancia actual el vacío de ilusiones, o mejor, la carencia de impulso político necesario para que una sociedad tenga vida para crecer moral e intelectualmente. La prensa española en general no es, sin duda alguna, tolerante con la situación de estupidez, mentira y vacuidad que domina la escena pública, incluso muestra críticamente la pequeñez de los intereses de nuestros dirigentes políticos, pero la cosa se complica cuando tiene que hacer el análisis concreto de la actuación "política" de un determinado político. Entonces aparecen los problemas; sí, entonces la "administración", los intereses económicos, de un periódico impone sus inmoralidades a las redacciones, e imita la misma homogeneidad que la casta política impone al espacio público político.
La expresión "desconfiar de los políticos" es, en fin, sólo un brindis retórico, una degradación de un principio, si la opinión de un periódico no hace suya la principal aportación de la crítica política contemporánea a las democracias occidentales, a saber, cualquier irrevocabilidad, incluso una "limitada" en el tiempo, de la clase política tiende a separar y "autonomizar" a los candidatos, a los elegidos, de sus electores. Ahí está la raíz del drama de nuestra democracia. En otras palabras, el principal deber de la prensa democrática es divulgar el principal problema de la democracia, a saber, "los políticos profesionales" tienden a convertir los asuntos comunes, públicos y políticos, en un negocio privado de clanes y grupos que se reparten el poder efectivo. Por eso, precisamente, todas las decisiones importantes se toman al margen de sus interesados, detrás de ellos y a pesar de ellos... Vale.
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