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Nada más conocerse el no popular irlandés al llamado Tratado de Lisboa se puso en marcha la maquinaria burocrática bruseliense, con la aquiescencia y complicidad de muchos medios de comunicación, a denigrar a quienes se han opuesto a dar su voto a un texto que no les satisface. El principal argumento utilizado es que 800.000 y pico irlandeses no pueden parar a 500 millones de europeos. ¿Pero es eso así?
Dejando al margen la falacia de una izquierda que nunca ve legitimidad en quien vota en contra de sus ideas, la verdad es que no se puede comparar el no de los irlandeses al supuesto sí del resto de la UE por una sencilla razón: el resto de europeos no ha tenido la posibilidad de expresarse libremente sobre lo que piensa o no piensa del Tratado de Lisboa. Tal vez si nos hubieran dejado hacerlo nuestros democráticos gobiernos habría muchos ochocientos miles en muchos países miembros de la UE, por así decirlo.
Hay que recordar que esos que ahora chillan muy democráticos ellos por imponer la mayoría silenciosa en contra de una minoría que ha ejercido su derecho constitucional a expresarse sobre Europa, han llegado a esta situación de la mano de triquiñuelas nada democráticas. Todo empezó cuando holandeses, y luego franceses, rechazaron el texto propuesto como Constitución Europea, en sendas consultas. Para salir de la crisis institucional, dado que es necesario que todos los países aprueben el tratado para que pueda entrar en vigor, los dirigentes europeos decidieron por su cuenta y riesgo rehacerlo mínimamente, no llamarle abiertamente constitución y defender que no era necesario escuchar al pueblo.
Los irlandeses han demostrado ser bastante más democráticos que el resto de estados miembros, permitiendo un debate sobre el nuevo texto y una consulta para refrendarlo o rechazarlo, como ha sido el caso, por votación popular. La otra Europa no tiene legitimidad alguna para ir dando ahora lecciones de democracia basándose en las trampas que introdujo en pleno juego. Es más, la salida que se propone ahora para salir de esta nueva crisis no deja de ser todavía más antidemocrática: ignórese al pueblo irlandés. Actuemos como si nada hubiera pasado.
No es Irlanda el problema, sino una Unión Europea antidemocrática, que se ha alejado de sus ciudadanos y que no deja de perder legitimidad ante ellos. ¿Por qué, si no, no se atreven a consultarnos? Nosotros también queremos un referéndum aquí en España. ¿No se nos pidió el voto cuando la Constitución? ¿Por qué ahora no? Simplemente, por cobardía del sistema.
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