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Una pareja explosiva: Kofi Annan y Rodríguez Zapatero en un mismo acto, en Madrid. Estos dos personajes, que comparten antiamericanismo y un odio profundo hacia el actual presidente estadounidense, estuvieron juntos en la presentación de las líneas maestras de la política exterior de los socialistas, precisamente el mismo día en que Bush finalizaba su gira por Europa, sin pasar por España.
Casualidad o no, el caso es que Annan empezó a hablar ofreciendo un pobre discurso que no hizo olvidar sus numerosos fracasos como secretario general de la ONU. Habló de la "responsabilidad de proteger" a las poblaciones que corren peligro de genocidio, de limpiezas étnicas o de crímenes contra la humanidad, cuando él mismo fue incapaz de frenar la masacre de Ruanda o los primeros horrores de Darfur. Subrayó la necesidad de proteger los derechos humanos cuando no quiso ver los abusos de su personal en misiones de paz por medio mundo. Y habló nuevamente de la necesidad de reformas en la ONU, la misma organización que le permitió encubrir una extensa red de corrupción de su personal más cercano. Kofi Annan no logra que se olviden las dudas sobre su eficacia como gestor, su integridad moral y sus intereses personales, pero a su buen amigo Zapatero no parece importarle.
Llegó el turno del presidente del gobierno. En interés de España: una política exterior comprometida fue el título con el que presentó un ambicioso discurso sobre política exterior. Una disertación ante todo inusual dado el escaso interés mostrado por la agenda internacional en la anterior legislatura. Durante cuatro años logró que España estuviera ausente del panorama internacional, que fuera progresivamente marginada de los principales asuntos y reuniones internacionales, mientras él se rodeaba de ayatolás y de revolucionarios bolivarianos. Ahora dice estar decido a dar prioridad a la política exterior, pero con su sello personal.
Si en cuatro años apenas realizó viajes oficiales al exterior, ahora afirma que no va parar: tres giras por África y otras tres por Asia, pasando por Oriente Medio. En su discurso desplegó un sinfín de proyectos y de retos acordes con su talante y su buenismo como la lucha contra la pobreza, la construcción de la paz, el cambio climático y la Alianza de Civilizaciones, aunque no aclaró en ningún momento cuáles son los intereses estratégicos de España. Habló de América Latina sin mencionar la situación de Cuba, de energía sin hablar de la nuclear ni de los problemas de la dependencia energética, de las misiones de las Fuerzas Armadas en el exterior sin pronunciar Kosovo, de Irán sin mencionar la proliferación ni las sanciones.
Zapatero se atrevió a poner a España como ejemplo para el mundo como país receptor de inmigración, un club al que acabamos de llegar pero que no impide que el Gobierno socialista critique las políticas de Sarkozy y llame xenófobos a los italianos. Osó también hablar de las bondades y compromisos de su ejecutivo con el cambio climático cuando somos el peor ejemplo en cuando al cumplimiento de los requisitos de Kioto. Y agradeció al presidente francés haber impulsado el debate sobre la necesaria reforma del proceso de Barcelona, cuando en realidad ha cedido sin resistencia alguna a la nueva iniciativa de Sarkozy y al liderazgo francés en las relaciones con el Mediterráneo frente a los fracasos de Barcelona.
En resumen: algunas buenas intenciones, unas cuantas mentiras y muchos olvidos intencionados en el discurso de política exterior de Rodríguez Zapatero, inusual y cuanto menos oportunista para lavar o desviar su maltrecha imagen azotada estos días por los problemas económicos.
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