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Desde hace un tiempo, andan a la gresca los reguladores de telecomunicaciones a cuenta del precio de terminación en los móviles. Es un conflicto de escala europea en el que parecen enfrentados la Comisión Europea, por un lado, y los reguladores nacionales, mediante el ERG (European Regulatos Group), por otro. De hecho, la propuesta de la Comisión de que los operadores móviles cobren por las llamadas recibidas con la que nos hemos atragantado esta semana es una ramificación de este debate.
¿Cuál es el problema que ha suscitado este debate? Que lo que unos piensan que vale 5 los otros piensan que vale 2. Me explico. Cuando se hace una llamada a un teléfono móvil desde un teléfono de otra red, por ejemplo, desde el fijo de casa, el operador que nos suministra el servicio telefónico debe pagar al operador móvil una cierta cantidad de dinero por el llamado servicio de terminación en su red.
Ya hace mucho tiempo los reguladores decidieron que el operador podría subir este precio cuanto quisiera gracias a su poder, y que, por tanto, había que fijarlo externamente, no se podía dejar al arbitrio del mercado.
Lo que pasa es que cuando el precio no se deja al arbitrio del mercado, se deja al verdadero arbitrio, al de los gobiernos. Estos, en ausencia de las señales que da la competencia, carecen de criterio alguno para establecerlo, lo que disfrazan acudiendo a complejos sistemas basados en la contabilidad de costes y otros similares, que pretenden objetivos.
Como dichos sistemas son, en cualquier caso, arbitrarios, nos encontramos con que, si hay varios reguladores atendiendo al tema, cada uno opina una cosa distinta, con diferencias tan absurdas como la que se plantea al comienzo de este artículo.
La cosa es más divertida aún. Pues estos reguladores están discutiendo por el precio que deberá tener la terminación móvil... ¡en el año 2011! Bajen a la panadería más cercana y pregunten al dueño, buen conocedor de su negocio, cuánto valdrá el pan en 2011, a ver qué les contesta. Y eso que el pan es más o menos lo que ha sido durante mucho tiempo, mientras que el de las telecomunicaciones es de esos negocios en que la tecnología parece evolucionar continuamente.
Pero ahí es nada: los reguladores, que no han prestado en su vida servicios a nadie, que no han desplegado ninguna red ni han tomado ningún tipo de decisión invirtiendo su dinero, discuten sobre lo que va a pasar de aquí a 2011, y sobre lo que tendrán que pagar unos operadores a otros por estos servicios.
En el fondo, este debate lo que demuestra es que no existen precios objetivos fuera del mercado, y que lo suyo es que estos sean fijados por la interacción de la oferta y la demanda, vamos, por la gente que se está jugando los cuartos en el asunto. Y no por iluminados a los que el tema no les va a costar un duro. A ningún panadero se le ocurriría fijar ahora los precios de su pan para 2011; a un regulador, sí.
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