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Entre los electores del PP cunde el desconcierto. La derecha se fractura y ellos no saben por qué. En cambio, sí creen saber qué resultará: una especie de derecha europea, laica, moderada, de gesto amable y voz tranquila, por un lado, y una derecha carpetovetónica, vocinglera, de curas trabucaires y señoronas envueltas en visones, por otro. Presienten que al final, su partido, el PP, se dividirá por mor de esas dos almas que siempre tuvo.
No hagan caso. Es mentira. Es posible que el PP se escinda, pero no será una fractura vertical que deje en la izquierda a los de centro y en la derecha a los extremistas. Ese futuro que nos pasan una y otra vez por delante de los ojos es un matrix que no existe más allá de la mente de los que lo imaginaron.
En la derecha no hay centristas y extremistas. Hay gente acomodaticia, dócil, que se niega a ver lo que quieren hacer con su país para no tener que reaccionar ante ello. Son como esos rehenes que aparecen en las películas de Hollywood, siempre dispuestos a creer en la buena fe de los secuestradores para no tener que enfrentarse a ellos. Junto a esta derecha meliflua, hay otra que cree en el compromiso que todos los españoles firmamos con la Constitución de 1978. A ella pertenecen los que luchan para impedir la destrucción de la España que dio a luz la Transición, una España llena de problemas, empezando por el de la organización territorial, pero en la que la soberanía sólo tiene un dueño, el pueblo español.
La primera es una derecha prisaica y bizcochable, esa que tan bien representó Fraga cuando aplaudía con entusiasmo de jerarca los escasos aciertos de Felipe González. Si prevalece será una derecha gallardonizada, esto es, ganada para el nuevo régimen confederal que Zapatero y algún otro nos están preparando, limpia de visionarios empeñados en imponer el imperio de la ley, la división de poderes o la igualdad de todos los españoles ante la ley.
La segunda, tras su expulsión del paraíso gallardonita, será una derecha extrema ultracatólica, ultraliberal y ultraconservadora, o sea, muy ultra lo que sea, opuesta a los derechos de los gays, las lesbianas, los gitanos, los musulmanes, los negros y hasta de las mujeres, nostálgica de la España franquista color sepia.
Pues bien, esa es la etiqueta que nos quieren colgar a todos cuantos denunciamos el minado del régimen de 1978. Lo hacen para arrinconarnos en un ghetto institucional donde sirvamos de justificación a la existencia de una derecha "más civilizada", tolerante de la perpetuación en el poder de la izquierda.
Están seguros de que, con el tiempo, los habitantes del ghetto trataremos de huir de él, pero no nos dejarán hacerlo sin prometer, pues estará prohibido jurar, lealtad al nuevo régimen.
Sin embargo, no somos de extrema derecha. Los Vidal Quadras, Mayor Oreja, San Gil y tantos otros, que, a veces en silencio, a veces a gritos, estamos con ellos, defendemos los valores y principios de las verdaderas democracias y luchamos por algo que interesa proteger: la libertad. Hoy ha sido la de expresión la que ha sido atacada entre el refocilo de la izquierda y el regodeo de la mayoría de la derecha. Mañana serán otras.
Aunque seamos pocos, tenemos razón. Y, teniéndola, con el tiempo, seremos capaces de conformar una mayoría alrededor de ella. Ánimo, y a perseverar, que ya vendrán días mejores.
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