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Al modo de un Scott Fitzgerald apenas atemperado por los rigores gástricos del lacón con grelos, este don Mariano de la triste estampa también parece hablar con la única autoridad que le da el fracaso. Desde esa precaria atalaya acaba de declararse no un simple centrocuentista al uso como tantos zascandiles nacidos para pastar en el Presupuesto, sino toda una genuina medianía ontológica. Así, a decir del nuevo Churchill de Pontevedra, el eterno sestear justo a medio camino de nada "no es propiamente una ideología, sino una actitud ante la vida". Ni arte ni parte, ni carne ni pescado, ni chicha ni limoná, ni fu ni fa, ni lo uno ni lo otro, ni tuya ni mía, ni contigo ni sin ti, resulta que la muy acreditada pachorra marianista consistente en ir tirando del puro hasta que escampe tampoco era un programa político, sino una cosmovisión prometeica. Algo así como la escatología del gallego de la escalera –"Dios es bueno pero el Diablo tampoco es malo, sabe usté"– elevado a razón última de ser y estar del segundo partido de España.
En fin, Zapatero llegó a la posmodernidad por la vía del aforismo flácido, y éste quiere ganarle la espalda por el atajo místico del zen (trismo). En esas estamos. El difunto Vázquez Montalbán solía predicar que la lucha final sería una tenida a navaja entre comunistas y ex comunistas. Pero también en eso se equivocó. Por lo que se ve venir, el asunto quedará en un duelo amañado del vacío contra la nada. Ahora, el gran Mariano propone llevar el Partido Popular al centro, que, por definición, habrá de ser el punto medio de lo que postulen sus enemigos. Y es que para esa mediana medianía de moda entre los medios de Prisa, la virtud política es eso: apenas un parámetro aritmético, el karma que sólo se alcanza encerrando las convicciones en aquel baúl de los recuerdos que arrastraba Karina por las pantallas en blanco y negro de los televisores del tardofranquismo, cuando Fraga también descubrió el centro en los jardines de la Red de Paradores Nacionales.
Eso ordena y manda la filosofía vital de Mariano, que cuanto se piense mantenga siempre una exquisita y profiláctica distancia de seguridad con lo que se diga y, sobre todo, con lo que se haga. Lo suyo, lo de Mariano, es buscar siempre la cosa intermedia sin andar metiéndose en políticas. Siempre entre Gallardón y la decencia, entre la justicia para las víctimas y las víctimas de la justicia, entre pitos y flautas, entre el sol que más caliente y la luna de Valencia, lejos de Pinto aunque sin otear nunca las lindes de Valdemoro, en el limbo de los pobres de espíritu, al cabo único territorio grato al nómada que sueña con no dar jamás un paso, ni al frente ni hacía ninguna parte. Y a vivir, que son dos días.
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