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Cuando llegué a Paris en la primavera del 68, la ciudad estaba cubierta de grafitis románticos, políticos, poéticos, hasta algunos ridículos, escritos por la generación de los hijos de quienes lucharon en la Segunda Guerra Mundial. Una juventud, en su mayoría blanca y católica, que protestaba contra todo y estaba enamorada de sí misma, mas no encontraba su identidad. Sus manifestaciones callejeras me eran indiferentes. Ocupaba mi mente la liberación femenina, las primeras pastillas anticonceptivas y el cambio de actitud que esto significaba. Pero, sobre todo, me preocupaba la guerra en Vietnam; conocía jóvenes que prestaban servicio militar en los Estados Unidos, que se enfrentaba a una vergonzosa derrota.
¡Cuan diferentes eran ese Paris y esa juventud a la de hoy, 40 años después! La generación de las revueltas del 68, aquella que reafirmaba con sus protestas la consigna de la Revolución Francesa, "libertad, igualdad, fraternidad", y pregonaban el amor libre, ha sido reemplazada por la nueva generación multiétnica. Muchos se sienten abrumados. No quieren velos musulmanes cubriendo la cara de las nuevas jóvenes francesas en sus colegios. Encuentran su amado idioma maltratado por muchos acentos y su comida cambiada por muchas especias y sabores diferentes. En fin, su modo de vida francés está en vías de extinción. Además, deben compartir su hermosa ciudad con los 50 millones, o más, de turistas que pasan por ella anualmente.
Hoy hay parisinos de origen africano, sobre todo del norte del continente, de Túnez, Marruecos y Argelia, multitud de árabes y algunos orientales, sobretodo de la antigua colonia de Indochina, hoy Vietnam. Son estos los nuevos ciudadanos de Francia, cerca del 30% de la población. Son la segunda y hasta tercera generación de inmigrantes. Recientemente se les han unido centroeuropeos, rusos y una creciente inmigración de latinoamericanos. Cada ola de inmigrantes es rechazada por las anteriores, cada grupo vive en su mundo, cada color en su gueto y todos intentan pasar por "verdaderos franceses".
Sí, esta Paris de hoy es otra, completamente distinta que aquella de la primavera del 68. Hasta el presidente es hijo de inmigrante y recientemente se casó con una modelo y cantante italiana, muy liberada, que ha amado a muchos y hasta ha posado desnuda y se siente orgullosa de haberlo hecho.
¿Es esta realmente el Paris por la que aquella juventud clamaba, abierta a todos y a todo? ¡A mí me encanta! La belleza de sus edificaciones sigue aquí. El arte de sus museos y sus teatros sigue vibrante. Y sus calles son un dechado de personalidades y razas que le da una gran vitalidad. No sé si era eso lo que querían los jóvenes franceses de 68, pero es lo que han obtenido, para bien o para mal.
© AIPE
María Clara Ospina es analista colombiana.
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