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El teléfono de María San Gil debe de estar echando humo. Después del llamamiento a los díscolos para que, como hijos pródigos, se integren en el proyecto Rajoy 3.0, según la acertada denominación de Rafael Bardají, sólo queda una cosa para demostrar al mundo y a Pedro Jota y a Losantos que el partido vuelve a ser uno, grande y libre: que María San Gil se una a la comparsa.
Y como la valiente vasca no se deja, estará siendo sometida a un asedio feroz por parte de los que, ya integrados, saben que su ausencia, agigantada por su silencio, deja a la vista todas las trampas de la tramoya levantada en el tinglado de Valencia. Necesitan a María San Gil para tapar los trucos con los que este nuevo PP quiere ocultarnos su inminente integración en el social-zapaterismo que ha de reinar sobre las Españas, traición mediante a los valores en los que creemos la mayoría de sus electores.
Le prometerán zanahorias (cargos, puestos, prebendas), y la amenazarán con palos (campañas de prensa incluidas), caso de no aceptarlas. Le harán ofertas que no se pueden rechazar y la llamarán casi todas las personas a las que se sienta obligada a escuchar. Apelarán por igual a su altruismo y a sus intereses, a su patriotismo y a su futuro personal, la adularán y la ridiculizarán. Porque, sin ella, el engaño sencillamente no funciona.
Ya intentaron que firmara la ponencia política, para lo que no tuvieron empacho en volver al texto propuesto por ella después de haberle metido generosas dosis de lápiz rojo. Fracasaron. La presionaron nuevamente para que acudiera al congreso de Valencia y naranjas de la China. A esta hora en la que escribo, estarán intentando que acepte alguna clase de cargo o cualquier otra cosa que signifique su comunión con Rajoy 3.0. Se estrellarán.
Los pragmáticos Rajoy, Arenas, Cospedal y demás estarán perplejos ante tanta obstinación. Pensarán que están hablando con una terca estúpida que, a estas alturas de la película, no sabe que la política es el arte de lo posible y no de lo conveniente, que hay que desayunarse con un sapo todas las mañanas y que, sin el poder, de nada sirven las ideas.
Ignoran que María San Gil ha reflexionado sobradamente sobre todo ello y ha concluido lo que cualquier persona de bien concluiría: que todo eso es verdad, pero que, cuando hay que elegir entre el poder y las ideas porque sólo se puede alcanzar aquél traicionando a éstas, lo cabal, lo valiente y lo ético es renunciar al poder y ser fiel a las ideas.
Su resistencia, su coraje y su imponente soledad debe de ser insoportable para todos aquellos que, para acallar su conciencia, se repiten una y otra vez que darse la mano con nacionalistas y socialistas es lo único que hoy razonablemente puede hacerse. María con su ejemplo les está demostrando que no. Que todavía se puede ser leal a las propias convicciones y levantarse por la mañana y mirarse al espejo, si no con orgullo, al menos sin avergonzarse de lo que uno ve.
Por eso, los capitostes del partido necesitan convencerla de que se integre, para que los demás laven su conciencia y se digan unos a otros: "¿Lo ves? Hemos hecho lo correcto, hasta María San Gil lo ha hecho." No les caerá esa breva.
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