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Tras el rechazo al Tratado Constitucional –perdón, Tratado de Lisboa– por parte de los "euroescépticos" irlandeses se ha desatado una crisis sin precedentes en Europa. No se trata tanto de qué pasará con el tratado, sino de las estrategias seguidas por los partidarios del sí a la Constitución Europea –perdón, Tratado de Lisboa–. Hay que avanzar, dicen los preclaros primeros ministros. Ochocientos mil no pararán el deseo de un futuro mejor de 500 millones de europeos, se oye en la eurocámara.
En Bruselas no existe la autocrítica, ni va a realizarse ningún análisis de lo sucedido. Este europeísmo ciego hace tiempo que ha trazado la línea divisoria entre buenos y malos europeos, y esa línea es el Tratado Constitucional –perdón, el Tratado de Lisboa–. Erre que erre, nos han arrastrado durante nueve larguísimos años en la misma dirección en la que camina Europa; hacia ninguna parte. Esta Unión Europea que es incapaz de dar respuestas a la inmigración, al terrorismo, a la crisis financiera, ¿qué va a hacer con el mastodonte jurídico que representa el Tratado de Lisboa –esta vez sí– que no pueda hacer con el Tratado de Niza? La respuesta es nada. El asunto, lo hemos dicho muchas veces, es el poder en el Consejo, y para conseguir ese poder si hay que pasar por encima de los ciudadanos, se pasa.
Una Unión más democrática, más próxima a los ciudadanos, no puede ni debe dedicarse a buscar el 26 contra 1. Debe hacer una profunda reflexión sobre los motivos por los que este texto ha cosechado ya 3 votos negativos. Y decimos tres porque la diferencia entre el Tratado Constitucional y el Tratado de Lisboa está sólo en su complejidad estructural, pero no en el contenido. Lo cierto es que los ciudadanos europeos están confusos, desilusionados, adormecidos por las artes malabares de una clase política que no cree en la ciudadanía. Se consideran una élite sabia que debe conducir al rebaño por las verdes praderas de la nueva Europa del Tratado de Lisboa. Una Europa al estilo platónico, gobernada por los supuestamente más cultos. Una Europa que hablará con una sola voz en el mundo, para lo que se crea un supercomisario de Asuntos Exteriores, pero también un presidente del Consejo, lo que hace ya dos voces. Una Europa que aumentará la democracia con la introducción de la iniciativa popular –aunque no hay nada en Niza que impida la creación de esta iniciativa sin necesidad de un nuevo tratado–, y que a la vez ignora el resultado de los referéndum. Que facilitará la toma de decisión al introducir la mayoría cualificada como regla general, eso sí, controlada esa mayoría por los estados más grandes. Una Europa que por fin podrá poner los medios para luchar contra la inmigración ilegal, pero que hasta ahora, a pesar de que Niza se lo permite, no ha hecho nada.
El lenguaje europeo es tan ambiguo como el señor Rodríguez Zapatero, que se llena la boca de derechos humanos y lo único que hace en la Unión Europea es maniobrar para levantar las sanciones a Cuba, paraíso de los derechos humanos. El problema de la Unión Europea no es institucional o jurídico. La Unión tiene una falta evidente de liderazgo y de voluntad política. Se ha convertido en un taller de creatividad política sin contenido concreto. Todo es pedaleo en el vacío especulativo. Y así no se va a ninguna parte.
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