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Que el fútbol alimenta el sentimiento de pertenencia a una nación, debe de ser verdad. De hecho, los nacionalistas se dedican con ahínco al tema del deporte con el exclusivo fin de abonar ese sustrato emocional sobre el que están levantando sus "pequeños estados medievales". Es más, utilizan la pugna deportiva para atizar la rivalidad entre "sus territorios" y el común. Ahí están señores de cierta edad, como Urkullu y Puigcercós, alardeando de hacer votos para que pierda la selección nacional. Ridículo y de patio de colegio sería, si no hubiera un proyecto excluyente y totalitario detrás.
A mí, que se gane o pierda un partido tanto me da. El fútbol me es ajeno. Sin embargo, no me deja indiferente el fenómeno de que haya tanto patriotismo futbolero y tan poca inquietud por el estado de la nación. El caso es que millones de aficionados andan estos días envueltos en los colores de España y agitando su bandera. Ha de ser el único momento en que al Gobierno no le moleste que circule la roja y gualda por las rúas. Y es notorio que no acusará de apropiarse de los "símbolos de todos" a la cadena televisiva que organiza la verbena patriotera. A fin de cuentas, se trata de una cadena amiga. Y amiga del alcalde de la capital. Así que todo en orden. No hay nada malo en ello: ni un átomo de política. Ni, por cierto, de racionalidad (aparte de la empresarial).
Esta gran efusión viene muy bien. ¿Quién puede decir que España se rompe cuando hay millones de individuos que se identifican intensamente con ella? Cuidado, no es que el PP dijera que se rompía. Recuérdese que lo aclaró Rajoy en uno de los debates con Zapatero. Pero apuntaban a ello los muy pillines, si bien es cierto que no han de insinuarlo de nuevo. "Centro, mujeres, diálogo y futuro" son los cuatro elementos mágicos que combinará en la retorta el nuevo equipo pepero. Puede que España sólo fuera para ellos una bandera. Una que acabó adoptando el mismo Zapatero. Total, qué más da.
Mientras España sólo sea una camiseta, todo marcha. Mientras permanezca como referencia sentimental que se corporeiza únicamente frente a un balón de fútbol, no problemo. La cuestión es que nadie se percate y, en especial, que a nadie importe, que más allá de los estadios, España sea una cáscara vacía. Reconozco la dificultad. Son muchos más aquellos para los que España es una selección de fútbol, que aquellos que la tienen o tenían por garantía de su libertad, sus derechos, la igualdad ante la ley y otras menudencias de compleja explicación. Así las cosas, quede constancia de la paradoja de que aquí al mayor grado de exaltación deportiva nacional, corresponde el menor grado de nación constitucional. Para hacérselo mirar.
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