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Una de las características del lenguaje de lo que ha venido en llamarse "buenismo" es la yuxtaposición, unas detrás de otras, de palabras-fetiche que dan lugar a frases que no dicen ni comunican prácticamente nada, pero que se supone provocan en el espectador una sensación positiva y embriagadora. El uso continuado de estos términos –igualdad, derechos, diálogo, tolerancia, modernidad– acaba convirtiendo la política en un lodazal espeso donde es difícil introducir algo de racionalidad, algo de responsabilidad y algo de rigor político.
El lector sabe bien a que nos referimos porque ha observado la deriva de la izquierda española desde la llegada de Zapatero. Bien es cierto que éste no ha creado un fenómeno que nace de la crisis intelectual y cultural occidental, pero constituye su vanguardia. Los discursos de Zapatero son chaparrones de conceptos sin definir ni delimitar, que suenan bien y que embriagan a una izquierda poco dada a la reflexión. Nada quieren decir, más allá de que no hay principios ni valores. Pero esto cala, y mucho. De hecho, la izquierda se ha convertido en un inmenso Woodstock ideológico, donde periodistas, intelectuales o políticos se revuelcan, despreocupados y ebrios, entre palabras fetiches de escaso significado, pero que les evitan tener que articular un discurso sobre la emigración, el terrorismo, la violencia doméstica o el nacionalismo, por ejemplo.
Esta orgía de buenismo ha acabado por extenderse también al Partido Popular. Lo decíamos el otro día: el gran partido de la derecha ha renunciado a defender ideas; incluso las desprecia y trata a quien argumenta con ellas de radical o antipático. Como antes el PSOE, está renunciando a un discurso teórico racional, riguroso. ¿Qué significa definir un proyecto político como "centro, mujeres, diálogo y futuro"? Pues muy sencillo: nada. Significa unirse a la táctica de la lluvia de conceptos-fetiche. Significa la intención de renunciar a un discurso y unirse a la orgía relativista de la izquierda, frotarse con el emotivismo, revolcarse en el nihilismo. Porque esto, y no otra cosa, es lo que la izquierda entiende por simpático, moderado y centrista.
A estas alturas, con un cambio de régimen en marcha, con una izquierda política y mediática que pide con poco disimulo la censura, con un Congreso socialista del que saldrá una estrategia para limitar la libertad de conciencia, el Partido Popular se dedica a hacer rimas, a confraternizar con la izquierda y a revolcarse por el lodo del emotivismo, el fetichismo lingüístico y el buenismo propagandístico. Grave es que la izquierda española se instale en un Woodstock ideológicamente endogámico y autoreferente. Lo malo es que el Partido Popular está empeñado en participar en un festival al que le han invitado, pero en el que nadie le quiere. Y parece gustarle.
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