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Ahora que los triunfos de la selección española siembran de rojigualdas la vieja piel de toro, es un momento oportuno para que la izquierda denuncie al nacionalismo español. Josep Ramoneda lo ha hecho en las páginas de El País con mucha inteligencia: ¿cómo puede Rajoy declararse no nacionalista y luego presentarse como un defensor de la unidad de España a ultranza? La derecha, dice el filósofo, ve la paja catalanista, o vasquista, en el ojo ajeno y no la viga españolista en el propio.
Desde el punto de vista de una izquierda internacionalista fiel al "proletarios del mundo, uníos", el argumento podría tener alguna solidez. Pero ocurre que el proletariado occidental, acomodado a las tentaciones burguesas de la clase media, ya no quiere ser internacionalista no vaya a ser que tenga que compartir su bienestar con los millones de pobres del resto del mundo. Por eso es la izquierda la que en Occidente defiende el proteccionismo y, por tanto, es nacionalista, en el sentido peyorativo que emplea Ramoneda.
Lo que en realidad intenta el filósofo catalán, al denunciar el "españolismo" del PP como un nacionalismo de la misma ralea que los nacionalismos vasco y catalán, es justificar lo injustificable, la alianza entre separatistas y socialistas para impedir indefinidamente el acceso al poder de la derecha.
Olvida que el españolismo del que habla no es nacionalismo. No lo es porque no hay en él ninguno de los dos elementos que caracterizan al nacionalismo: el separatismo, por el que el nacionalista cree que su nación está indebidamente integrada en un estado de mayor tamaño, y el imperialismo, que hace que el nacionalista sueñe con un estado que reúna a todos los que, por motivo de geografía, historia, raza, religión o lengua pertenecen a la nación. La presencia de uno de estos dos elementos bastaría para que pudiéramos hablar de nacionalismo.
Pero en el españolismo del PP no haya nada de eso. Podría haberlo si hubiera en él gente partidaria de la separación de España de la Unión Europea, o que soñara con la anexión de Portugal, la reconquista de Gibraltar o la recuperación del Sahara Occidental. El PP está muy lejos de todo eso. En cambio, los nacionalistas vascos y catalanes sí ansían separase de España y sueñan con anexionarse Navarra, unos, y el Levante y las Baleares, los otros. Esos sí son auténticos nacionalismos.
Para desprestigiar al españolismo, Ramoneda termina acusando al PP de no querer permitir que nadie defienda en España otro nacionalismo que no sea el español. Nada más falso. Lo que sucede es que el PP no comparte las ideas nacionalistas. En consecuencia, se opone a ellas y, en la medida en que los electores lo respalden, lo seguirá haciendo. Cosas de la democracia.
Ser españolista hoy en España no es ser nacionalista; es ser partidario de la igualdad de todos los españoles ante al ley. Los nacionalistas niegan esa igualdad y exigen para sí ciertos privilegios a cambio de consentir seguir siendo españoles. Exigen a la izquierda que los respalde si quiere su colaboración para privar a la derecha de toda posibilidad de acceso al poder. La izquierda ha asentido. Y ahora sus heraldos tienen que convencer a todo aquél que, siendo de izquierda, se siente españolista, de que ese sentimiento que experimenta constituye un peligroso virus del que tiene que curarse a base de tolerar que España deje de ser España. Rosa Díez se ha rebelado. Ramoneda, no.
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