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Que hayan coincidido en el tiempo, en el espacio, en la ideología y en la oportunidad un Zapatero, un Blanco y una Pajín es circunstancia que maravilla. Veleyo Patérculo, de verla, la habría traído a colación cuando glosaba así combinaciones análogas: "Una sola época que no abarcaba un espacio de muchos años dio brillo a la tragedia gracias a unos hombres de inspiración divina, Esquilo, Sófocles y Eurípides".
"El genio se alimenta con la competición", nos aclara el clásico en su Historia Romana. Y lo mejor del trío de ases socialistas (para el póquer se duda entre Aído y Caldera) es que las tragedias no tienen que escribirlas; bastará con que se sienten a observar lo que pasa en la economía española, en la educación, en la justicia, en la unidad nacional.
Ya sé, ya sé que lo que se espera de un gobierno es que gobierne. Sin embargo, que tal responsabilidad le corresponda a este PSOE cambia un poco las cosas. Para empezar, habrá que revisar el mito de la alternancia. "El cambio que invocamos va mucho más allá de la alternancia" –nos advierte Z, triunfal. Como corresponde a la altura de miras de hombres y mujer tan notables, ellos van a "transformar la sociedad".
No faltarán remilgados que opongan sus escrúpulos a tal meta. Transformar la sociedad es, dirán, de revolucionarios; no se vota a un partido para eso sino para que gestione (palabra muy del gusto de los faltos de ambición). De acuerdo, pero esa regla, como todas, se hizo para los tiempos normales, para los hombres corrientes. No tiene por qué prever la norma el advenimiento de una era de superhombres y supermujeres capaces de verlo todo, comprenderlo todo y decidir por todos.
Z, Blanco y Pajín no tienen por qué adaptarse a las estrecheces de un sistema, de un régimen que no previó su irrupción en la historia de la Humanidad. Se disponen a dejar su impronta más allá de vulgares alternancias políticas, a ensanchar el propio concepto (o conceto, por usar su jerga iniciática) de la política. Un Estado fiable –pues llevará su color incluso cuando en teoría no lo lleve– sabrá de nuestra intimidad, se ocupará de cómo nacemos (de si nacemos, por ser más exactos), de cómo morimos (de si morimos) y, eventualmente, de cómo follamos y con quién. Y querremos agradecérselo, pues ahí reside el verdadero cambio que nos traen: una ocupación del ánimo. Del alma.
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