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Los observadores extranjeros en el 37º Congreso del PSOE han quedado estupefactos por la absoluta carencia de discusiones sobre temas políticos, sociales y económicos relevantes para las sociedades occidentales. Imposible ha sido el debate sobre las propuestas para salir de la crisis económica, porque ni siquiera se reconoce la existencia de la crisis. Imposible ha sido tratar de las disfunciones terribles de un Estado Autonómico, que incluso niega a millones de españoles hablar la lengua común, el castellano, porque se culpa del problema a las víctimas. Imposible ha resultado abordar asuntos comunes a todos los españoles –por ejemplo, la distribución del agua, o la utilización de energías no dependientes del petróleo– porque el PSOE excluye cualquier posibilidad de “razón” o acuerdo que no sean los impuestos por sus “elites” dirigentes.
Así las cosas, el PSOE en este congreso no ha tenido mejor opción que restaurar, o mejor, afianzar una línea “totalitaria” que ha caracterizado a este partido desde su fundación. En efecto, el PSOE, más que un partido dispuesto a compartir los destinos de una nación con otros partidos, siempre ha tenido una tentación de ocupar no sólo los espacios sociales sino también los privados y hasta los de la conciencia moral y religiosa. En este punto de invasión de la privacidad, el PSOE tiente tantos parecidos con los partidos totalitarios que asusta. Da miedo. Quizá, por eso, las tres grandes conclusiones del congreso han sido la reivindicación del aborto libre y gratuito, eutanasia reconocida para todos y confiscación de la libertad religiosa de los católicos. He ahí tres cuestiones estrictamente apolíticas, porque afectan más propiamente al ámbito de la conciencia y la moral personal, a la sagrada esfera de la intimidad, que a la esfera de lo social, económico y político. De lo común.
Sin embargo, esos tres asuntos son susceptibles de politización, no tanto porque pudieran afectar a terceros, especialmente en el caso del aborto, sino porque todo, absolutamente todo, es politizable para un partido político que aspira a ocupar todos los espacios de una sociedad. Fue siempre la pretensión básica del PSOE, atemperada entre 1975 y 1978, silenciada durante el felipismo, y rehabilitada con la llegada de Zapatero al poder. El PSOE fue siempre un partido leninista, es decir, su apuesta “democrática” tenía un carácter oportunista, primero, en la Segunda República y, después, en la Transición, especialmente después de haber pasado cuarenta años de vacaciones. Se trataba, y en el fondo se trata, de respetar las reglas de la democracia para llegar al poder. Una vez allí es menester seguir sus objetivos revolucionarios, o sea, totalitarios. Romper con la vida de la nación e implantar un régimen geométrico.
Costumbres, tradiciones, creencias, en fin, todo ese magma plural y vital que compone una sociedad tiene que someterse a los dictados de la elite dirigente socialista. El PSOE, sin duda alguna, ha sido un partido modélico en la ocupación de espacios ajenos, en principio, a lo común y político. El PSOE, ha llegado a decir Zapatero, es la pieza clave, casi única, para comprender la historia de España. Allí dónde estaba el PSOE, sus dirigentes y sus votantes, existía España. El resto, sí, los otros partidos, las costumbres, las tradiciones, la religión cristiana, la inteligencia libre y no vinculada al socialismo, etcétera, no tiene relevancia alguna. Precisamente, por eso, los estudiosos de este partido siempre han hallando en la maquinaria socialista un eje totalitario que no existe en el resto del socialismo europeo. No es de extrañar que la prensa internacional haya resaltado de este congreso el regreso del “socialismo de rostro humano” al “socialismo negro”.
La conclusión del congreso no puede ser más obvia: el concepto de “socialismo democrático” es un oxímoron en los labios de los socialistas españoles.
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