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Hace casi un año, el pasado 8 de julio, con motivo de la segunda final consecutiva de Wimbledon jugada por Roger Federer y Rafael Nadal, titulé mi artículo de Libertad Digital como Asalto al jardincito de Roger. Así conocen sarcásticamente a la pista central del All England Lawn Tennis and Croquet Club, tal es el dominio que el gran jugador suizo tiene, o tenía, sobre el torneo inglés. También dije entonces que, mientras en la tierra se agigantaba, la diferencia entre ambos tenistas sobre la hierba se había reducido a la mínima expresión: Nadal, que la primera vez que alcanzó la final fue puesto educadamente de patitas en la calle por un mayordomo con librea al servicio del señooorito Roger, y que el año pasado tuvo que aguantar incluso que el ama de llaves llamara a un bobby que le mostró sin miramientos el camino de salida, ha entrado esta vez hasta el salón, apropiándose momentáneamente del jardincito de su famosísimo vecino.
Al margen de lo que digan los números de la ATP, un tenista que gana en un mismo año Roland Garros y Wimbledon ha de ser considerado por derecho como el mejor jugador del mundo. Y eso es lo que es Nadal, el mejor tenista del mundo, por encima incluso de uno de los dos o tres mejores jugadores de la historia según todos los expertos. Federer, que seguro que no ha ganado su último Wimbledon, luchaba contra el record de William Renshaw, quien, entre los años 1881 y 1886, consiguió ganar en seis ocasiones consecutivas el campeonato, mientras que Nadal lo hacía contra la alargadísima sombra de Manuel Santana, el único español capaz de llevarse la victoria a casa. Por cierto que el viernes charlé con Santana en El Tirachinas y se mostró absolutamente seguro de que Rafa, cuarenta y dos años después de su victoria ante Dennis Ralston, le arrebataría el mérito de haber sido nuestro único compatriota en haber ganado allí.
Sabedor de que tenía que arriesgar al máximo, restar bien, sacar mejor, subir en el momento adecuado y volear con acierto en la red si quería ganar al español, Federer jugó siempre muy presionado por todo, por Renshaw y por Sampras, que ya no jugaban, y por Nadal, que sí lo hacía, y muy bien además, casi tanto como en la tierra batida de París. El primer parón (porque luego hubo otro) debido a la lluvia ejerció un efecto vivificador sobre el genial tenista suizo, aunque luego cayó, como un gran campeón, pero cayó. Extraordinaria final, un partido que pasará a la historia entre dos tenistas épicos. Hace sólo dos semanas que nuestra selección de fútbol acababa con la maldición de los cuartos de final en una competición oficial; hace una que, después de cuarenta y cuatro años de sequía, España ganaba la Eurocopa, y hoy Nadal ha vencido en Wimbledon a uno de los mejores tenistas de la historia. ¡Menudo disgusto, Urkulloski! ¡Qué alegría, España!
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