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El 23 de julio de 2000 quedará grabado como una de las fechas decisivas para la historia reciente de España. La Secretaría General del PSOE, con la ayuda inestimable de Rosa Díez, pasaba a manos de José Luis Rodríguez y, a partir de ese momento, se empezaba a diseñar el perfil del nuevo PP.
El Tinell y la toma de la calle por las fuerzas de choque frentepopulistas constituirían el preludio de la obra más importante: hacer del voto al PP una opción de mal menor. Así, la política identitaria de Rodríguez no sólo servía para enmascarar la incompetencia sin límites de su desgobierno; sobre todo, canalizaba cientos de miles de voces desde la abstención o el voto en blanco hacia una opción política sin posibilidades reales de victoria.
Tal como expone Francisco Rubiales, el voto en blanco estaba creciendo en España, hasta las elecciones de 2008, en las que se "perdieron" 127.000 votos con respecto a las de 2004. La polarización de la sociedad española alcanzaba, de esta manera, su máxima expresión en política. Rajoy, a pesar de su aura de perdedor nato, lograba la confianza de su base electoral como mal menor ante el desgobierno suicida de Rodríguez.
Tras el congreso búlgaro y el enésimo esperpento del PP de Cataluña, el voto a un determinado partido como mal menor y no como una opción de confianza se ha revelado catastrófico. Lo mismo se ha observado en Francia, donde el voto masivo a Chirac para parar a Le Pen perpetuó en la Presidencia de la República a uno de los personajes más nefastos que ha dado Occidente en las últimas décadas.
En la partitocracia turnopacífica actual, el voto en blanco, consciente y responsable, parece la única opción regeneracionista posible, si no en la praxis, al menos sí en el ámbito de la moral, a la espera de que, entre muchos o pocos, creen una organización dispuesta a recoger el testigo que el PP le ha entregado a Onán.
Joan Valls es editor de debate21.com.
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