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Cuando José Blanco se refiere en su blog a una "conspiración de cucarachas" está realizando dos operaciones simultáneas propias de su especialidad, que es la propaganda política en su acepción más descarnada. La primera operación es una inversión sencilla operada por un simple mecanismo especular, truco muy del gusto de su compañero Rubalcaba: acusa de conspiradores a quienes han denunciado una conspiración. Nótese que ni siquiera esto es exacto. Algunos, en la materia de la que se trata, que es el asunto del bórico, han denunciado una conspiración; otros, no. Si se lee su pieza, Blanco apunta en realidad a un grupo más amplio, el bautizado como "conspiranoicos" (paranoicos que ven conspiraciones donde no las hay) por los interesados en despachar cuanto antes el 11-M.
Dejando al margen que los atentados de los trenes deben constituir la única operación terrorista de gran magnitud que no ha requerido conspirar (tal conclusión se impone por lógica a la vista de la acusación de "conspiranoia"), lo notable es que los paranoicos han pasado, gracias a Blanco, a ser ellos mismos conspiradores. Ya no se trata de gente desatinada, crédula o perturbada; se trata de gente peligrosa. ¿Qué hacer con esa gente peligrosa?
La respuesta exige detenerse en la segunda de las operaciones aludidas, ambas contenidas con asombrosa economía de medios y mortífera eficacia propagandística en dos sustantivos separados por una preposición: "conspiración de cucarachas". La segunda operación deshumaniza y convierte, en el imaginario, en insectos a quienes consideraron irregulares unas actuaciones policiales que la propia sentencia del bórico considera irregulares.
Ahora ya se ve lo que hay que hacer con la gente que quiere que se siga investigando el 11-M. Eran peligrosos por conspiradores, pero han sido convenientemente trocados en insectos gracias a otro juego de conexiones azarosas: el bórico serviría para matar cucarachas. Las cucarachas se matan, y las peligrosas gentes que conspiran ya son cucarachas.
Puestos a buscar en las fuentes de su oficio, Blanco ha acudido a las más reputadas: las propagandas nazi y estalinista, que bordaron la deshumanización del adversario como paso previo a un exterminio sin cargos de conciencia para la sociedad. Se bestializa, se cosifica, se convierte al otro en rata o insecto simbólico. Esta última ha sido la modalidad escogida por el segundo de a bordo de un partido que se desliza hacia el totalitarismo. "Más allá de la alternancia política", como advirtió Zapatero. Más allá de la crítica al poder, que ya jamás será legítima porque incurrir en ella es señal inequívoca de pertenecer a un grupo cuyo estudio no corresponde a la sociología sino a la entomología. Sólo que ese salto metafórico siempre llama al exterminio.
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