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No cabe la menor duda de que la primera Cumbre de la Unión del Mediterráneo, celebrado en París el domingo 13, ha sido un éxito personal y diplomático para el presidente Sarkozy. Reunir a 43 jefes de Estado, europeos y árabes, en el Gran Palais, en torno a la misma mesa, y luego ir a cenar en el Petit Palais –edificios más habituados a acoger exposiciones artísticas, que a recibir bandoleros–, todo ello sin incidentes, puede verse como una proeza. Así lo presentan los medios, y no sólo franceses. Estuvieron todos, también el primer ministro israelí, Olmert, y hasta el sirio Bachar el-Assad. El único que no estuvo fue Gadafi, y el rey de Marruecos estuvo a medias: él no, pero envió a un hermano suyo y a su ministro de Relaciones Exteriores. Lógicamente, en la conferencia de prensa final Sarkozy rebosaba de orgullo y autosatisfacción, y el presidente egipcio Mubarak le daba mucha coba.
Veamos rápidamente algún resultado concreto: que el palestino Abbas y el israelí Olmert se hayan reunido aparte, dado palmaditas mediterráneas y besitos en las mejillas (y hablado de paz), no es cosa nueva, ya se han reunido varias veces, en Jerusalén, en Egipto, en diferentes lugares. En cambio, la reunión entre el-Assad y el nuevo presidente libanés, Michel Sleimane, y su decisión de restablecer las relaciones diplomáticas entre los dos países, es una novedad. Yo me digo que el-Assad se siente lo suficientemente fuerte como para hacer concesiones, ya que los terroristas de Hezbolá han logrado hacerse con el control del Gobierno y el Parlamente libaneses. El primer resultado de estos mejunjes será que se abandonarán las investigaciones y el juicio a los responsables del asesinato de Rafic Hariri y de los demás crímenes políticos sirios en Líbano.
Las primeras instituciones de la Unión del Mediterráneo son las habituales: presidencia conjunta franco-egipcia, cumbre cada dos años, reunión anual de los ministros de Relaciones Exteriores, futura creación de un secretariado permanente, etc. Pero la realidad es que ese elefante ha parido un ratoncito, porque los primeros acuerdos concretos son insulsos y hasta peregrinos: "limpiar" el Mediterráneo de su polución, desarrollar las autopistas marítimas (¿?), reforzar la seguridad pública contra las catástrofes naturales, desarrollar la energía solar, crear una Universidad euromediterránea y aumentar las ayudas a las pymes.
Los optimistas nos dirán que más vale empezar con objetivos modestos y concretos sobre los que todo el mundo puede estar de acuerdo (especialmente cuando se sabe que no se van a cumplir), para poco a poco ir enfrentándose a los problemas graves. Y estos llevan nombre: la larga e inconclusa guerra israelo-árabe y el terrorismo. Ni Hamás, ni Hezbolá, ni la Yihad islámica, ni Al Qaeda ni Irán van a sentirse concernidos por la polución del Mediterráneo, ni cesarán sus atentados y sus agresiones contra Israel y el Gran Satanás.
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