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Todos contentos, aunque sea relativamente. Este es el lema de toda cumbre internacional que se precie, y la orquestada por Nicolas Sarkozy en Paris, en la víspera de su fiesta nacional, no podía ser de otra manera. No hubo foto de familia, pero ¡qué más da! Sarko recibió a muchos más dignatarios –aunque algunos como Basher el Assad muy poco dignos– que la pareja Zapatero-Moratinos en la forzosa minicumbre de 2005 que celebró el décimo aniversario del proceso de Barcelona.
Todos los invitados de la UE tuvieron su momento de gloria, incluido el Gobierno español, quien dejó caer la candidatura de la ciudad condal como sede del secretariado de esta recién nacida Unión del Mediterráneo. Y los norte-africanos y árabes, que pidieron que la Liga Árabe sea miembro permanente. Verdaderamente llamativo. De los problemas de la región, tan desestructurada que pretende ser una Unión de la noche a la mañana, poca cosa, pero ¡qué más da! Las cumbres, ya lo decíamos el lunes aquí mismo, no están para solventar nada, sino para dar la impresión de que los líderes mundiales se preocupan por los problemas del mundo.
Sarkozy ha propuesto seis grandes áreas en las que centrarse: la lucha contra la polución del mar, rutas navegables seguras, la prevención de catástrofes, la energía solar, una universidad mediterránea y un plan Erasmus para las dos orillas. Todo loable como los pilares de una más perfecta Unión, pero tal vez no demasiado apropiados para, por ejemplo, hacer que Siria deje de comportarse como un estado criminal, canalizar los flujos descontrolados de emigración hacia el Norte o mermar la influencia del islam radical entre jóvenes y no tan jóvenes en el Norte de África.
Eso sí, como toda buena cumbre, rápidamente se ha acordado un gran entramado institucional. Cumbres cada dos años; presidencia compartida entre representante del Norte y del Sur; secretariado permanente, reuniones de alto nivel, grupos de expertos, y un largo etc., que acabará en una gran factura. ¿Quién la pagará?
Ahora se abre la educada pelea para determinar la ciudad que albergará la sede. Zapatero aspira a que Barcelona lo sea, para, sobre todo, que el proceso que toma su nombre no quede enterrado por el ciclón Sarkozy. Pero nosotros, desde aquí, defendemos que se radique en Mauritania. Basta ya del mal ejemplo de la ONU, a la que acuden como moscas los subdesarrollados de medio mundo –y los sátrapas– para darse el lujazo de vivir en Manhattan libres de impuestos. Nada de destinos amables y atractivos.
Para verdaderas uniones, aquellas que formaron amorosamente Egipto y Siria (la República Árabe Unida, ¿se acuerdan?) y Marruecos y Argelia (¿recuerdan su nombre?). Tal vez su fracaso se debiera a la ausencia del liderazgo galo. Sarkozy ha aprendido de Napoleón. Pero también aquel, al igual que Roma, fracasó como fuerza unificadora del litoral mediterráneo. Claro que ahora a cualquier cosa se la llama Unión.
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