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A las autoridades chinas se les ha sumando un problema más a pocos días de la inauguración de los fastuosos Juegos Olímpicos de Pekín. La amenaza terrorista se suma con fuerza a las protestas por la brutal represión china contra los tibetanos, las críticas a la falta de libertad de expresión, las acusaciones de retener a miles de prisioneros políticos sin cargos ni juicios, los reproches por su apoyo a regímenes como el de Myanmar y Corea del Norte o su inacción para frenar la crisis humanitaria de Darfur, sin olvidar los problemas de contaminación atmosférica que sufre Pekín y la accidentada ruta de la antorcha olímpica.
Dieciséis policías murieron en un atentado contra una comisaría en Kashgar, en la región de Xinjiang, con mayoría de población musulmana de la etnia uigur. Allí operan grupos que reivindican un "Turkestán Oriental" independiente y existe un autoproclamado "Partido Islámico de Turkestán" que asumió la autoría de cinco atentados cometidos en los últimos meses en China y amenazó con llevar la yihad a los Juegos con terroristas suicidas y hasta con armas biológicas. El último atentado terrorista ha sido el más sangriento ocurrido en suelo chino en los últimos años, y todo a pesar de las impresionantes medidas de seguridad, que han sido puestas en evidencia.
El Gobierno comunista había hecho de la seguridad una prioridad de la China olímpica. Policías, militares, voluntarios, cámaras, helicópteros, hasta misiles tierra-aire y unos durísimos requisitos para obtener un visado formaban parte de las severas medidas propias de un régimen autoritario como es el chino. La capital y varios puntos del país estaban blindados para garantizar el orden, evitar cualquier manifestación no del agrado del régimen y posibles disturbios en las regiones separatistas del Tíbet y Xinjiang. Pero las autoridades se han visto sorprendidas por un ataque terrorista que politiza aún más estos Juegos.
Las Olimpiadas de Pekín se han asociado a cuestiones políticas desde la misma presentación de su candidatura. Ya en 2001, algunas declaraciones de los propios funcionarios chinos hicieron creer al mundo que los Juegos servirían para ayudar a China a avanzar hacia la democratización, y muchos les creyeron. Pero ocho años después, y tras mínimos cambios, China ha demostrado que no cumple con sus promesas. Ellos son los que desde el primer momento han querido utilizar los Juegos para demostrar su poderío al mundo y reafirmar su nacionalismo bajo un régimen autoritario. Resulta, por tanto, hipócrita que protesten contra la politización de los Juegos Olímpicos y acusen a los países occidentales de ello, cuando ellos mismos empezaron todo esto.
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