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En el ajedrez de la geopolítica abundan las jugadas simbólicas, como la que recientemente hiciera Rusia en relación a Cuba –y viceversa–, y como la que acaba de hacer Estados Unidos con respecto a la inminente “independencia” de Osetia del Sur. En el ajedrez real, ciertamente hay poco espacio para la simbología, si se descartan la apertura escogida por los jugadores, que puede simbolizar un talante agresivo, displicente e, incluso, conciliador o derrotista, y alguna que otra repetición de movidas. Pero en el ajedrez de la geopolítica lo simbólico domina la categoría.
Recientemente, la independencia de Kosovo, apoyada por la Unión Europea y Estados Unidos, puso de malhumor a los imperialistas rusos –esos imperialistas venidos a menos–, que reaccionaron primero con una jugada simbólica: recordarle a Washington que Cuba continúa siendo, potencialmente hablando, su estado asociado en el Caribe. El espectáculo de miles de kosovares agitando banderas norteamericanas, algo repetido en recientes intervenciones del presidente georgiano, debe de haber sacado de quicio a Putin y a su camarilla.
En este contexto se inscriben los rumores sobre un desplazamiento de bombarderos rusos a Cuba y la visita, hace apenas un par de semanas, de una importante delegación rusa a la isla. Desfilaron por la Habana, entre mojito y mojito, el vicepresidente Igor Sechin y el general de ejército Nikolai Patrushev, secretario del Consejo de Seguridad de la Federación de Rusia. Lo que cocinaron en los interludios e intersticios del encuentro oficial sólo lo saben ellos, pero evidentemente el propósito simbólico de la movida se cumplió con creces.
Ahora, otra jugada rusa, no tan simbólica como la anterior, acaba de tener lugar: la invasión de Osetia del Sur, que con su independencia de Georgia a la vuelta de la esquina, pasará a convertirse en una especie de colonia rusa en el corazón del Cáucaso. Ya Raúl Castro salió a defender el uso de la fuerza por parte de sus aliados, como lo hiciera Fidel Castro –salvando las distancias– cuando la invasión rusa a Checoslovaquia. El general, y probablemente acicateado por su moribundo hermano, ha acusado al Gobierno de Georgia de atacar Osetia del Sur en complicidad con Estados Unidos.
Por su parte la Casa Blanca, al reconocer implícitamente que no intervendrá en Osetia del Sur, siendo Georgia un aliado de Estados Unidos aspirante a ingresar en la OTAN, ha dado un paso atrás simbólico y comprensible. La zona de influencia rusa en la región se mantiene así incólume mientras en cambio Washington todavía espera una mayor cooperación de Putin en el diferendo que mantiene con Irán y, por inercia, que la jugada simbólica cubana expuesta arriba sea sólo eso: una jugada simbólica.
Que no llegue la sangre al río, advierte Estados Unidos a Rusia. Algo que, otra vez salvando las distancias, también parecen advertirle Moscú y La Habana a Washington. Este es un ajedrez efervescente.
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