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La sinuosa trayectoria de Solzhenitsin ha dado lugar a un interesante debate blogosférico entre quienes han sacado a relucir el apoyo que el escritor ruso prestó en los últimos años de su vida al nuevo autoritarismo ruso y los que lo ignoran o prefieren pasarlo por alto. La periodista norteamericana de origen ruso Cathy Young (Ekaterina Jung), autora de Crecer en Moscú: Memorias de una infancia soviética y de varias obras críticas con el feminismo identitario, resume así la paradoja de su compatriota:
El papel jugado por Solzhenitsin en la caída del totalitarismo soviético nunca será olvidado. Sin embargo, esta labor ha sido inevitablemente empañada por su bendición al renaciente autoritarismo que ha acabado con muchas de las libertades que tanto costó ganar en Rusia, aun a pesar de tener la autoridad moral para protestar e influir.
Young nos recuerda que desde el exilio el premio Nobel se dedicó a criticar a otros disidentes por considerarlos demasiado pro-occidentales, liberales, pluralistas e individualistas. En 1990, su panfleto Cómo reconstruir Rusia adelantaba su visión tradicionalista, teocéntrica y comunitarista de la nación en contraste con las ideas democráticas de muchos reformistas. Tras su regreso a Rusia, rechazó una condecoración aprobada por Boris Yeltsin. Sin embargo, el año pasado aceptó el mismo galardón de manos de Putin.
En una entrevista concedida a la revista alemana Spiegel en 2007, el autor de Archipiélago Gulag defendía el historial de Putin en la KGB y se negaba a cuestionar las manifestaciones del entonces presidente de Rusia en contra del recuerdo de los horrores del estalinismo. En un artículo publicado el pasado mes de abril en el periódico Izvestia, Solzhenitsin cargaba contra el Gobierno ucraniano por su intención de declarar la hambruna de 1932-33, provocada por el Estado soviético y que se cobró la vida de al menos 5 millones de seres humanos, un acto de genocidio: "Una incitación tan salvaje será muy fácil de tragar en Occidente. Ellos nunca han intentado comprender nuestra historia, se comerán cualquier fábula, por muy demencial que sea". ¿Que habría escrito Solzhenitsin de saber que el antiguo campo de concentración de Auschwitz, recuerdo de la barbarie del Holocausto, va a tener que cerrar por carecer de los fondos necesarios para su mantenimiento? Por desgracia, me temo que nada bueno.
Entre 1970 y 2008 Solzhenitsin pasó de sacar a la luz un genocidio soviético, el del Gulag, a ocultar otro, el de Ucrania. Odiaba el comunismo sólo un poco más de lo que detestaba Occidente y la democracia. Estados Unidos, el país que le acogió cuando abandonó su tierra, se convirtió años después en el objeto de sus más crueles invectivas. Según Young:
El hombre que una vez escribió a los líderes soviéticos pidiendo la abolición de la censura nunca se quejó de su regreso. El hombre que usó su premio Nobel para establecer un fondo de ayuda a los prisioneros políticos permaneció en silencio acerca de los nuevos presos políticos del régimen de Putin (...) El hombre que una vez pidió a Occidente "más interferencia en nuestros asuntos internos" se unió al coro de la agitación y propaganda anti-occidentales.
En su discurso de aceptación del premio Nobel, Solzhenitsin afirmó que "una palabra de verdad podrá más que el mundo entero". Archipiélago Gulag es una obra terrorífica y al mismo tiempo maravillosa que sirvió para que muchos abrieran los ojos. En cambio, para mí y otros de mi generación, la lectura de ese libro no constituyó ninguna catarsis, sino una simple confirmación de lo que sabíamos por haberlo leído y oído en otros sitios. Quizá sea por eso que la defensa del Solzhenitsin de los años setenta me parezca perfectamente compatible con la denuncia de su autoritarismo y de su execrable labor como intelectual orgánico del putinismo. El enemigo de mi enemigo no tiene por qué ser mi amigo.
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