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Enric Prat de la Riba esbozó el primer catalanismo político sobre dos ideas. La primera de ellas consistía en conseguir la unidad cultural de Cataluña, la homogeneidad interna, especialmente en torno a la lengua. La dificultad con la que se encontraron los catalanistas agrupados en la Lliga Regionalista fue la resistencia de la gente a abandonar el gusto por utilizar el idioma que les placiera. La solución fue acorde al nacionalismo totalitario de comienzos del siglo XX: utilizar las instituciones para borrar la diversidad cultural e ingeniar una comunidad etnolinguística. La segunda idea de Prat de la Riba fue el imperio plurinacional. Y en eso, o en su adaptación, estamos.
Prat no se refería con "imperio", al menos exclusivamente, a la extensión de los Països Catalans, sino a convertir al Estado español en una especie de Imperio Austrohúngaro compuesto de naciones reconocidas, unidas por un Jefe del Estado común; un rey (o emperador), por ejemplo. El objetivo era que Cataluña fuera un Estado dentro de un "imperio", en el que el Estado catalán fuera la vanguardia, el motor político, el modelo a seguir, el guía para la reforma territorial de España. En esta ensoñación algunos han querido ver la idea de España del catalanismo político, alejada del separatismo y cercana al eufemismo de la España plural y la nación de naciones. Aquel planteamiento "imperial" se hacía acompañar de un repudio al liberalismo al socaire de los vientos regeneracionistas y totalitarios de inicios del XX, pues era el "Gran Satán", el demiurgo de todos los males. Y un obstáculo, claro, para la ingeniera social.
Hoy se aprecia ese inapreciable legado de Prat de la Riba en todo el entramado del modelo de financiación. El desarrollo del Estado de las Autonomías depende de ese modelo, ya que cuanto mayor sea el traspaso de recursos más competencias se pueden asumir y, por tanto, el grado de descentralización será cada vez más completo. El primer paso fue la reforma del Estatuto de Autonomía impulsada por el Gobierno y parlamento catalanes, que absorbía funciones antes estatales y exigía, por tanto, más dinero. El segundo paso es obligado: la modificación del sistema con el que se financian las autonomías para cumplir con los Estatutos convertidos en ley. Nos encontraremos, de esta manera, con un Estado vacío de contenido para crear otros diecisiete, que serán (son) más voraces y omnipresentes para justificar su existencia.
El modelo de construcción estatal es, por tanto, el catalán, por lo que otras autonomías no sólo se reservan cláusulas estatutarias para llegar a las mismas cotas que sus vecinos del norte, sino que se edifican sobre la elaboración "nacional" que promocionan sus instituciones públicas. Al fin, el sueño imperialista de Prat de la Riba acabará convirtiéndose, sino lo es ya, en lo políticamente correcto, en la doctrina oficial. Salut colegues.
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