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En el teatro clásico, lo obsceno era aquel fragmento de la tragedia que por herir la moral del común de los ciudadanos no se representaba en la escena, sino que se intuía sin necesidad de presenciarlo. Así, no se representaba a Medea asesinando a sus hijos para vengarse de Jasón. En cambio, en nuestro tiempo lo obsceno ha alcanzado la categoría de imprescindible.
Por fin, y ya era hora, se ha echado el cierre a la mayor ceremonia de hipocresía y obscenidad que hayamos vivido en los últimos cien años. Los Juegos Olímpicos de Pekín han sido la puesta en escena de lo que nunca debía haber aparecido en la misma. Hemos presenciado cómo los dirigentes de un régimen asesino, invasor y liberticida eran felicitados por los supuestos adalides del mundo libre. Que nadie se olvide: las mismas razones que invitan a mantener el bloqueo económico sobre Cuba son las que hubieran exigido un boicot a las olimpiadas de los herederos de la revolución cultural de Mao Zedong, la cual se tradujo en la muerte de decenas de millones de personas.
Durante estos días de orgía obscena, nadie ha apelado al eufemísticamente denominado "conflicto del Tíbet". Claro, es de mal gusto recordarle a la progresía militante que lo de China en el Tíbet sí es una invasión de una región con historia y señas de identidad propias, y que allí se ha esquilmado un territorio y a su población en aras de la expansión del socialismo real. Tampoco ha ido ningún jefe de Estado democrático a pedir al régimen comunista de Pekín que se empiece a respetar los derechos humanos, que cese la represión de los supuestamente enemigos del partido, que no haya más ejecuciones y que se ponga fin al culto a la personalidad de Mao, uno de los mayores genocidas de la historia.
El régimen chino ha comprado la amnesia colectiva occidental con el producto obtenido de la explotación y semiesclavización de sus propios ciudadanos. Se ha erigido en el mayor depositario de deuda pública estadounidense, en su mayor acreedor. Aunque esto tampoco importa. La actitud de los países occidentales ha supuesto un bálsamo de legitimidad para un régimen tan asesino y represor como el que preside Hu Jintao. Occidente, en su conjunto, es hoy más cómplice de la suerte que pueda correr el futuro de millones de chinos.
Sé que debo asumir el papel de aguafiestas para manifestar que me sigue importando más la falta de libertad de mil cuatrocientos o mil quinientos millones de personas que las bonitas imágenes de la villa olímpica tras la caída del sol. Por eso, la aplaudida demostración de capacidad y fuerza de un régimen tiránico sólo me provoca ganas de vomitar; como me ocurriría con cualquier tramo obsceno de la tragedia que nuestros sabios clásicos omitían para no dañar la moral del espectador.
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