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Hace ya tiempo que el castrismo alcanzó su techo simbólico. Hay quienes lo ubican en algún momento de la década del sesenta, otros en torno a las multitudinarias manifestaciones del caso Elián, en 1999-2000, frente a la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana. De cualquier manera, es un hecho que la revolución se ha hecho vieja (cosa no necesariamente negativa, pero que tampoco es para celebrar cuando se trata de una vejez descorazonadora, represora y ridícula, como la revolucionaria).
Una revolución es un símbolo o no es. Y en el caso de la revolución cubana –revolución que desde hace tiempo ya no es– cabe hablar de la estrepitosa caída de uno de sus soportes básicos: la simbología. Cabe hablar de la estatua en caída libre. Un proceso que algunos sitúan alrededor del desmayo televisado de Fidel Castro durante un discurso en la localidad habanera del Cotorro, recién iniciada la década, y que otros ubican a partir de su célebre caída durante un acto político en 2004.
En realidad, el proceso de descomposición mediática del líder máximo había comenzado años antes, a mediados de la década de los noventa, cuando su desenfrenada verborrea comenzó a tropezar con la piedra de las incoherencias y el cantinfleo. Y, ya se sabe, Castro es el castrismo, y viceversa. Y la revolución. "Prestemos atención a nuestros enemigos y hagamos todo lo contrario de lo que desean de nosotros para seguir siendo lo que somos", escribió hace poco. Ya puede imaginar el lector lo que hay en las inmediaciones.
A la desenfrenada caída del símbolo máximo del castrismo se ha ido sumando, poco a poco, el descalabro de varios de sus símbolos colaterales. El del deporte, por ejemplo. La Isla como potencia deportiva era una de las leyendas rojas del socialismo a la cubana, una de las que con más persistencia se había aferrado a sus pasadas glorias. Últimamente, los continuos descalabros del béisbol, considerado el deporte nacional, en la arena internacional presagiaban lo peor para los jerarcas del régimen. Pronóstico que se acaba de cumplir en las Olimpiadas de Beijing. La Cuba castrista, acostumbrada a ocupar posiciones de avanzada en estas citas, sólo pudo ubicarse en el medallero en un lejano puesto 28, por debajo de varios países del hemisferio e incluso de la propia España, a la que había tradicionalmente superado en Olimpiadas.
Para la vieja guardia gobernante, la caída de este último símbolo es asunto de política interior y exterior, prácticamente de seguridad nacional, porque en tiempos de fugas, comandantes anémicos, subidas de impuestos, desabastecimiento y represión creciente no caben medias tintas. Es el circo –porque el deporte en Cuba es tanto un símbolo como un circo– o la democracia. Cada símbolo caído acerca un poco más la democracia al pueblo cubano. Sin circo, ni pan ni estatuas la represión puede volverse contra los represores. La libertad puede volverse un símbolo.
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