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Más allá del cotidiano festín de demagogia tabernaria y sal gorda a granel, exclusivos componentes ya del "debate" político en España, el peor lastre arcaizante de este viejo país quizá lo constituya el extraño brebaje ideológico con que comulga el grueso de la población, exótico menú transversal degustado con fruición tanto por los votantes de la izquierda como por sus iguales de la derecha.
Me refiero a ese indigesto potaje intelectual cuya receta se elabora mezclando los prejuicios anticapitalistas del tradicionalismo más castizo con los restos de aquel marxismo rudimentario, tosco, que cultivó una izquierda tan poco dada al pensamiento original como la nuestra. Que no otros son los dos ingredientes básicos de la gran empanada mental que alimenta una cosmovisión aún hoy compartida por la mayoría de los creadores de opinión, desde políticos y periodistas a intelectuales orgánicos y demás publicistas.
Tara colectiva que se exterioriza con toda su patética crudeza en la pueril fe en el poder taumatúrgico del Estado para controlar y domeñar las crisis cíclicas de la economía echando mano del BOE; absurda superstición que es compartida aquí por casi todos, empezando por los que se dicen liberales, por algo el esperpento fue creación genuinamente hispana. Y es que esa inercia mental los incapacita fatalmente para comprender la lógica que rige los sistemas autorregulados, por ejemplo, aquella que determina el funcionamiento de una economía de mercado.
Así, viene siendo un lugar común ilustrar el atraso español durante el siglo XIX recordando que Fernando VII clausuraba universidades al tiempo que abría escuelas de tauromaquia. Pero, con frecuencia, se olvidan las trabas seculares a la difusión del saber económico en nuestro país. Un destrozo mental que iniciara Azaña al cerrar la única facultad de económicas que existía en tiempos de la República, y que continuó más tarde con la exclusión de esos conocimientos en el currículum oficial del bachillerato.
De ahí el germen de esa triste limitación contemporánea: ignorar la radical impotencia del Poder cuando aspira controlar y dar órdenes a la economía, desconocer la única potestad realmente efectiva del Leviatán: conseguir que las cosas no puedan hacerse. En fin, contemplando a la legión de arbitristas que ahora mismo nos exponen sus recetas infalibles para salir de la crisis sin apenas despeinarnos, a uno le viene a la memoria aquello de Chesterton: "Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que ahora están dispuestos a creer en cualquier cosa".
Hasta en el ungüento amarillo de Corbacho.
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