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Es evidente que ningún sistema de organización social puede evitar que los actos de algunos afecten los intereses de otros. Si alguien siembra mucho maíz, afectará el precio del mercado; si ocupa un espacio, priva a los demás de la oportunidad de aprovecharlo para sus propios intereses. Si alguien inventa algo, con ello afecta los intereses de quienes resultan desplazados por la innovación. Si construye un puente afecta a los barqueros. Etcétera. Por eso, no afectar a los intereses de terceros es imposible. Así, lo menos que podemos tolerar y lo más a lo que podemos aspirar para convivir pacíficamente con los cambios y ajustes que exige el progreso es respetar los iguales derechos de todos. Por eso la igualdad de derechos excluye la igualdad de oportunidades.
Hay dos maneras de gobernar que, por su crucial importancia, merecen ser comparadas con ponderación, ya que a pesar de grandes avances en medicina, biotecnología, comunicaciones, electrónica y comunicaciones, la pobreza, la corrupción y la violencia hoy generalizada en todo el mundo (incluso en países como Inglaterra) dependen de la forma de gobernar.
El primer sistema de gobierno consiste en dejar en libertad a la gente para hacer lo que quiera, mientras el Estado (poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial) de dedica a hacer respetar los iguales derechos individuales. Esos derechos que todos, incluso los gobernantes, tendrían que respetar incluyen la vida (la integridad física de las personas), la propiedad (libertad para disponer de lo suyo), su tiempo y la privacidad de su información, de sus comunicaciones y correspondencia, todo lo cual conlleva la obligación de cumplir y exigir el cumplimiento de obligaciones adquiridas sin coerción o engaño.
En un sistema así, la gente vive por derecho y no por permiso, por lo que puede hacer todo lo que no esté específicamente prohibido. Los reglamentos tienen como objeto la protección de derechos y no obtener resultados específicos. Las personas se enfrentan a limitaciones físicas, fisiológicas, de conocimientos y de las circunstancias de su entorno que surgen del igual ejercicio de la libertad de todos. El orden económico surge espontáneamente, guiado por las libres manifestaciones de las personas en su diario quehacer. A todo esto se le llama economía de mercado.
Bajo el segundo sistema de gobierno, la gente vive por permiso y no por derecho, por lo que puede hacer sólo lo que está permitido y reglamentado con el propósito de ordenar el comportamiento de la población para lograr fines que los gobernantes consideran prioritarios. Otorgan la primacía a esos intereses, por encima de los derechos individuales. Quienes gobiernan fijan las metas y con sus leyes y reglamentos controlan e inducen a la gente a satisfacer los intereses oficialmente considerados como prioritarios, pero como la gente prefiere tomar sus propias decisiones, en el intento de evadir al Gobierno se recurre a la informalidad, cuando el estorbo de las restricciones resultan muy costosas. Los gobiernos entonces suelen reaccionar aumentando inútilmente la severidad de las penas.
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