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En el socialismo real, esto es, el de Felipe, el Gobierno solía hacer bastante más de lo que admitía públicamente en materia militar y de seguridad. El caso de la OTAN fue palpable: mientras que en Bruselas se aceptaba la nuclearización de hecho de España y se comprometían nuestras tropas en misiones en cuyo diseño no participábamos, aquí en Madrid se negaba la mayor, y falseando la realidad se intentaba proyectar la imagen de que eso de la OTAN no iba con nosotros. ¿Recuerdan ustedes, por ejemplo, cómo nos enteramos gracias a la sesión de control parlamentaria de John Major que los B-52 de la USAF despegaban de Morón para bombardear intensivamente a los iraquíes en 1991?
Pues bien, el socialismo irreal de Rodríguez Zapatero, en su afán de darle la vuelta a todo, hace exactamente lo contrario: habla ampulosamente de defender unos principios junto a nuestros aliados, pero en Bruselas sólo pone trabas a fin de que sus palabras no cobren fuerza alguna. El caso de Georgia es flagrante: mientras que nuestro ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, proclama a los cuatro vientos de que el Gobierno español defiende la integridad territorial de Georgia, en el Consejo atlántico, máximo órgano de decisión política de la OTAN, se instruye a nuestros representantes para que no salga comunicado alguno que condene y sanciones en la práctica a la Rusia de Vladimir Putin.
Tal es el celo con el que el Gobierno se aplica en la OTAN en borrar las palabras que pudieran ser críticas con Moscú en los documentos que nuestros aliados comienzan a preguntarse el por qué de dicha actitud. Al fin y al cabo que el SPD alemán, bajo la férula de Gerhard Schröder, anteayer canciller y hoy representante de Gazprom, diga lo que dice, se entiende; que Berlusconi, con sus múltiples inversiones en Rusia, también se muestre cauteloso, tiene su explicación lógica. ¿Pero cuáles son los intereses secretos de Zapatero y su corte?
En ausencia de ganancias personales, la única explicación posible es la de siempre: el más furibundo antiamericanismo y un callado deseo de venganza sobre George W. Bush. Pero Rodríguez Zapatero y sus diplomáticos se equivocan otra vez si piensan que pueden definir su política hacia Moscú en función de sus querellas con Washington y su actual presidente. Las relaciones entre los EE.UU. y Rusia superan con creces la miopía de La Moncloa. Aún peor, sea quien sea el nuevo inquilino de la Casa Blanca se preguntará: ¿pero cómo dicen estos que quieren llevarse bien con nosotros cuando nos ponen todo tipo de problemas en los foros multilaterales?
El Gobierno debería explicar –y la oposición exigírselo– el por qué de su actitud, las contradicciones entre actuación y retórica y qué nos jugamos con ello. Georgia es mucho más que Georgia y con o sin crisis alguien tendría que recordarlo.
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