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En nuestro interior, todos sabemos perfectamente qué está bien y qué está mal. Por ejemplo, si a alguien se le obliga a pagar las deudas de su vecino, hasta un niño exclamaría: "¡Pero eso es injusto!" La historia de la humanidad se ha caracterizado porque los poderosos, aliados con el poder político, han forzado a unos a pagar las cuentas de otros. Y por eso la injusticia ha sido la nota característica en las relaciones humanas a lo largo del tiempo. El resultado es la servidumbre y la pobreza generalizada.
La miseria –tanto espiritual como material– comenzó a ser superada cuando se reconocieron las íntimas relaciones que deben existir entre el derecho, la moral y la justicia.
Immanuel Kant escribió un tratado cuyo título en inglés es elocuente: The Science of Right. Significa simultáneamente "la ciencia de lo correcto" y "la ciencia del derecho". Para este autor, ambas están indisolublemente ligadas y se identifican con el derecho natural. La doctrina del derecho natural postula la existencia de un sistema jurídico dado objetivamente a la conciencia humana, en cuya confección no ha participado el hombre. Uno de sus rasgos más destacados es que pone barreras al poder arbitrario, distintivo de los déspotas.
Una de las primeras manifestaciones de tal concepto aparece en Antígona, la célebre tragedia de Sófocles. Cuando el tirano Creonte le pregunta a Antígona por qué desobedeció un edicto suyo, ella le responde: "Es que Zeus no ha hecho esa ley ni tampoco la Justicia que tiene su tronco entre los Dioses inmortales. Puesto que tú eres tan solo un simple mortal, yo no creía que tus edictos valiesen más que las leyes no escritas e inmutables de los Dioses".
A partir de entonces, la legislación positiva comenzó a ser juzgada de acuerdo a su concordancia o no con la moral que emana del derecho natural. Esa ética que postula la existencia de derechos inalienables de la persona, conocidos por la razón y que ningún legislador ni juez puede ignorar legítimamente. No es posible imaginar una realidad social más nefasta que la ley convertida en instrumento de injusticia.
Frédéric Bastiat afirma que para determinar si una norma es inmoral y por ende, injusta, "bastará examinar si la ley quita a unos lo que les pertenece, para entregar a otros lo que no les pertenece. Bastará preguntar si la ley ejecuta en provecho de un ciudadano y en detrimento de otro, un acto que el ciudadano no podría ejecutar a título personal sin cometer un delito".
Con las crisis bancarias hemos tenido oportunidad de ver cómo proliferan leyes para salvar entidades financieras con dinero público. Usando como pretexto al sofisma de que son "demasiado grandes para caer", los políticos han decidido que paguen justos por pecadores. Es decir, se devalúan constantemente las conductas juiciosas y se premia a las imprudentes. Obviamente, esto tiene efectos catastróficos desde el punto de vista económico.
Bastiat sostiene que "en la propia naturaleza de la ley está inscrito el imperio de la justicia, de tal suerte que ley y justicia se amalgaman en el espíritu de los pueblos". Pero, ¿qué ocurre cuando se promulgan leyes injustas? Se pervierte entonces el sentido moral de esa sociedad. Y como corolario, nos retrotrae a aquella etapa de miseria que creíamos definitivamente superada.
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