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Mucho se ha hablado de las contradicciones del progre, de su temeridad intelectual y de su doble vara de medir. Algunos hasta le hemos dedicado libro al asunto. La cosa tiene más peligro de lo que parece; si la Arendt acuñó lo de "la banalidad del mal" a raíz del juicio a Eichmann en Jerusalén, al progre del XXI le encaja el concepto inverso: el mal de la banalidad. Rozan altaneros la superficie de fenómenos a los que no han dedicado una hora de estudio, pero su oceánica ignorancia no es óbice para que sienten cátedra sobre el futuro del Cáucaso, la dinámica de los glaciares, la viabilidad de las terapias génicas, la conveniencia de construir aceleradores de partículas y, por supuesto, la lógica del sistema financiero, tan sencilla ella, tan al alcance de todos –¡sin ningún esfuerzo!– que ha devenido tema de discusión predilecto de todas las barras de todos los bares de España. Cualquiera conoce la solución al crack de 2008: quién es responsable, qué reformas exige el sistema, etc. ¡Cuánto catedrático de economía se ha perdido la Universidad española, y cuánto Nobel la humanidad!
El pronunciamiento del experto Gabilondo, tajante como cuchillo de carnicero, operará, ya verán, como pistoletazo de salida. A partir de este momento, sólo es cuestión de tiempo que los de la cuerda de Cuerda y o los del cordón de Luppi se pronuncien sobre la prudencia de los bancos centrales a la hora de combatir la contracción del crédito, o sobre cualquier otra simpleza, con conclusión preestablecida: todo es culpa del capitalismo, el liberalismo y los Estado Unidos. ¡Justo ahora, que los americanos se ponen socialdemócratas!
Los que sí hemos dedicado tiempo al tema, estudiado temarios y pasado exámenes sabemos, para empezar, cuánto ignoramos. Si hay una brújula doctrinal fiable es la de aquellos pocos especialistas que hacen predicciones y aciertan. No valen, desde luego, los asesores bursátiles de los diarios, generalmente brokers, que, por la cuenta que les trae, insisten en las bondades de seguir en una bolsa cuyo índice ha perdido el treinta por ciento en lo que va de año. La apariencia de conocimientos, el deje profesoral de personajes como Solbes, que no aciertan ni una, tampoco debería impresionarnos.
Repito. En ciencia tan incapaz de predicciones (es decir, en ciencia tan poco científica), el acierto sistemático resulta deslumbrante. Es el caso de Pizarro en campaña electoral, o de Recarte en estas páginas suyas, donde los índices que habían de sobrevenir se han dado con más de medio año de adelanto. Por aquí corre su Informe. En cuanto a los motivos del descalabro mundial, los escritos de Leopoldo Abadía resultan provechosos y accesibles al profano. Aunque también pueden preferir la fórmula del progre: no saber, no ver, no escuchar y opinar.
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