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Un episodio de la única entrevista que Sara Palin ha concedido hasta ahora a uno de los grandes medios norteamericanos, la cadena de televisión ABC, ha traído a la actualidad la doctrina Bush. El periodista le pidió un comentario y ella contestó: "¿En qué aspecto?" ¡Te pillé!, fue el alarido de toda la izquierda. En efecto, no sabía de qué iba, pero no perdió la compostura y su galaica respuesta no sólo fue la mejor de las posibles, dada su falta de margen, sino que además resultó providencial. El entrevistador, con impaciencia y altanería lo suficientemente visibles como para perjudicarse a sí mismo, le explicó que se trataba de la guerra preventiva, que ella glosó con prudencia y tino.
Sí, la pillaron, pero la defensa ha podido esgrimir brillantes argumentos. Aparte de su garbo aguantando el tipo, resulta que el engreído presentador, con todo un equipo que le prepara su trabajo, no sabía que son varias las ideas que han ido recibiendo el apelativo de "doctrina Bush", que en realidad constituyen un continuo con varias facetas, de modo que preguntar por qué aspecto no tiene nada de despropósito.
Volver a la doctrina Bush en el momento en que la actualidad iraquí trata de levantar cabeza mientras que los demócratas tratan de meterla debajo de la alfombra no deja de ser perfectamente oportuno.
El cambio de mando militar sobre el terreno ha sido ocasión para recordar los grandes éxitos, incluso más allá de toda prudente esperanza, de la nueva estrategia decidida por el presidente contra viento y marea, más bien contra furioso temporal, a comienzos del 2007, y de la enorme mejora que ha reportado a la situación en Irak. Su brillante artífice, el general Petraeus, es elevado a jefe del Mando Central, de modo que, desde una mayor altura jerárquica, seguirá teniendo el país mesopotámico bajo su responsabilidad, la cual se extenderá ahora también a la guerra afgana, así como a otros territorios claves en la gran lucha contra el terror, mientras que quien le sustituye en Bagdad es su jefe de operaciones y mano derecha, el también general de cuatro estrellas Odierno, el norteamericano de mayor experiencia sobre el terreno.
La aparición del cuarto libro, La Guerra desde dentro, de la serie de Bob Woodward sobre la guerra iraquí tal y como se ha librado en Washington desde su gestación inicial, es un factor más que en estos tiempos de huracán financiero dirige un foco hacia el país medio oriental. El descubridor del Watergate es duro con Bush por lo desordenado de su proceso político. Se ha dicho que hubiera preferido una derrota con tal de que el procedimiento de toma de decisiones fuera impecablemente nítido. Pero en este trabajo de periodismo investigativo sobre el período de 2006-08, centrado en la concepción de la estrategia denominada con el curioso y pobre nombre de surge o "aumento" (de tropas, se entiende) y su puesta en práctica, queda meridianamente clara la absoluta soledad del presidente y las enormes presiones para iniciar una retirada, empezando, desde luego, por toda la cúpula militar en Washington y en Bagdad.
Y esa es la grandeza de Bush, que la historia habrá necesariamente de reconocerle. No haberse resignado nunca a la derrota ni aceptado un empate. Victoria es lo que quiso siempre y si se equivocó mucho durante los primeros tres años largos fue porque se fió de sus expertos, los militares. Pero acertó de pleno cuando exigió lo que no le daban y se buscó a quien estaba dispuesto a procurárselo, el modesto y eficaz Petraeus.
Mientras tanto, el jefe de la mayoría demócrata en el Senado y el presidente de la comisión de Fuerzas Armadas de la prestigiosa cámara se han cubierto nuevamente de ignominia bloqueando una iniciativa bipartidista de felicitación al Ejército por su reciente labor en Irak. Las elecciones son las elecciones y reconocer errores monstruosos no es lo suyo.
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