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Es curioso que tan poca gente parezca haberse percatado de que Nicolas Sarkozy ha creado un gigantesco Ministerio de la Ecología para enterrar allí a sus posibles rivales. El primero fue Alain Juppé, pero como el Gobierno había decidido que los ministros que perdieran las legislativas de 2007 debían dimitir, le tocó el turno a Juppé y dimitió. El segundo es Jean-Louis Borloo, pero éste, emprendedor y ambicioso, no se contenta con la fastuosidad de sus salones y está empeñado en "hacer algo".
Hace pocos días propuso un aquelarre, bautizado aquí bonus-malus, que se resume en un considerable aumento de las tasas a los productos considerados "malos" ecológicamente, y que son de lo más variopinto: plásticos, pero también neveras, y otros utensilios de uso diario. François Fillon, el primer ministro, firmemente apoyado por el presidente Sarkozy, ha dicho que ni hablar. Nada de nuevas tasas, de nuevos impuestos, cuando el poder adquisitivo de los franceses está por los suelos. Y Borloo se tragó el sapo y además le da las gracias a Sarkozy.
Puede que, desde una óptica de maquiavelismo político, las grandes ceremonias fúnebres de Sarkozy sean rentables. En vez de oponerse claramente a los delirios ecológicos en boga, finge aceptarlos para enterrarlos mejor, con un superministerio y esa superconferencia (el Grenelle de l’Environnement) a la que invitó la crema y nata de los payasos del circo climático. Acudieron, por ejemplo, Al Gore y la estrellita local, Nicolas Hulot, que utiliza a Edgar Morin como bastón. El problema está en que, en una situación económica tan tensa como la actual, todo esto constituye un verdadero despilfarro, y no es seguro que a la larga evite conflictos políticos.
Hablando de lo mismo –Francia va mal–, pero desde otro ángulo, en el PS se dibujan, cara al congreso de noviembre, tres polos capaces de hacerse con la Secretaría del Partido como trampolín para las presidenciales de 2012: el de Ségolène Royal, apoyada por varios "barones" de provincias; el de Bertránd Delanoë, apoyado por el aparato y el aún primer secretario François Hollande; y el tercer y último polo, encabezado por Martine Aubry. Lo más probable es que en el congreso se unan dos de esos polos para tumbar al tercero, Ségolène Royal, pongamos. Y en ese caso, las posibilidades del alcalde de París son importantes. Lo cual sería una catástrofe, pero de menor intensidad que si gana Ségolène Royal o Martine Aubry.
Hay algo desolador en la política francesa: después de haber perdido las presidenciales y las legislativas en 2007, la izquierda, y concretamente el PS, ha ganado todas las elecciones: las municipales, las regionales, y ahora las del Senado. No logran la mayoría, pero obtienen 21 senadores más. Es mucho. En estas circunstancias ¿para qué tener ideas si tienen los votos?
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