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Era impensable y ocurrió. Zapatero, haciendo de tripas corazón, comiéndose con repugnancia la bilis mientras apretaba los puños, decidió que había llegado el momento que nunca creyó que llegaría, el de apoyar una medida propuesta por Bush, la de inyectar 700.000 millones de dólares en el sistema financiero para dotarlo de liquidez y ver si así sale del hoyo donde él solito se ha metido. Lo nunca visto, el antiyanqui por excelencia, la quinta esencia del antiamericanismo, el que escupe cuando pronuncia el apellido del presidente norteamericano, apoya sin ambages su plan económico.
El respaldo del gran timonel de la izquierda europea debería haber tenido un inmediato efecto positivo en los mercados financieros: la derecha capitalista norteamericana y el rancio socialismo europeo unidos para luchar contra la crisis. Ahora sí que pueden las bolsas subir como un cohete.
Sin embargo, ha ocurrido lo contrario. ¿Por qué? Pues porque los mercados son muy listos y vieron lo que les ocurrió a Kerry y a Schröeder. Y, si Zapatero apoya el plan Bush, la única consecuencia que puede fácilmente preverse es que pasará lo que sea, cualquier cosa, la más insospechada y el plan no saldrá. Y en el improbable caso de que salga, no funcionará.
Y así ha sido. Resulta que son los propios republicanos los que se niegan a apoyarlo en la Cámara de Representantes. Y es que, sin ese respaldo, el plan está destinado a ser enterrado antes de nacer. Es así porque los Estados Unidos, en contra de las extendidas creencias que hay en España, son una verdadera democracia donde reina la separación de poderes y el Ejecutivo no puede sacar adelante un plan económico de este calibre sin la aprobación del Legislativo.
Aunque Bush no sepa que el respaldo de Zapatero a su plan lo condena al fracaso, debería de todas formas haber renunciado a él al verse apoyado por el adalid de la izquierda intervencionista en Europa, ya que algo muy malo tiene que tener para que le guste a Zapatero.
Ni lo uno ni lo otro. Las últimas noticias que llegan del otro lado del charco es que Bush sigue empeñado en lograr el consenso y en que sus congresistas respalden un plan que hiede a izquierda a varios kilómetros de distancia. Si de verdad desea que salga, lo que tendría que hacer es comerse el orgullo y llamar a Zapatero y pedirle que, por favor, retire su apoyo al plan, que lo ponga de chupa de dómine y que no le mande más jamones, que ya se apaña bien él solo.
A Obama ya le han hablado del terrible poder del español y no sólo no quiere saber nada de él, sino que por si acaso se niega a darle la mano a nadie del PSOE. Aquí creemos que es porque Zapatero es antiamericano y Obama, a pesar de ser de izquierdas, tiene el defecto de ser muy patriota. Nada de eso. La acreditada fama de gafe de nuestro presidente ha traspasado las fronteras y fuera le huyen como de la peste. El único que al parecer no se ha enterado es Bush.
Para nosotros, los españoles, siempre queda el consuelo de saber que el poder letal que irradia nuestro presidente hacia todos los puntos cardinales no deja de ser una forma de influir en los asuntos internacionales. El que no se consuela es porque no quiere.
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