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Sintiéndolo mucho, no puedo simular satisfacción por la manifestación contra la imposición lingüística en las escuelas catalanas. Cuatro o cinco mil personas es una asistencia frustrante cuando se trata de denunciar la continuada, flagrante e impune violación de convenios de Derechos Humanos, de la Constitución, y hasta de la mismísima Ley de Política Lingüística aprobada por el Parlamento de Cataluña, cuyo artículo 21.2 reza: "Los niños tienen derecho a recibir la primera enseñanza en su lengua habitual, ya sea esta el catalán o el castellano."
Albert Rivera, como político que es, ha hablado de "éxito". El resto de lo que ha dicho era cierto. También lo expuesto por Sánchez Camacho y lo contenido en el manifiesto leído por Arcadi Espada. Tan cierto todo que, por mucha entrega que le pongan sus detractores, son incapaces de refutarlo. Les recuerdas que la ley está para cumplirse y te contestan que en Cataluña no hay ningún conflicto; invocas las tres sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña incumplidas por la Generalitat y te responden que todos los niños de Cataluña saben castellano. Y así sucesivamente.
La escasa asistencia no es, sin embargo, ninguna sorpresa para quien conozca el silencio ensordecedor que se impuso sobre el tema de la lengua después del Manifiesto de los 2.300, el atentado contra Jiménez Losantos y el discreto exilio de miles de docentes. Suscitar la cuestión te convertía automáticamente en apestado, en sujeto peligroso, en enemigo del pueblo, en inadaptado y, por supuesto –gracias a la insostenible equivalencia, de vigencia local, entre España y extrema derecha–, en fascista redomado.
Sólo la reivindicación del bilingüismo oficial desde focos maragalianos desencantados operó el milagro de que tan justos argumentos merecieran algún eco. Lo que no significa que los impulsores de Ciudadanos se libraran de los sambenitos al uso. Todo lo contrario. El establishment considera a aquel grupo de intelectuales (aunque ya no tanto a los tres diputados del partido resultante) un auténtico peligro, una amenaza bastante más seria que el Partido Popular, que al fin y al cabo gobernó sin alterar sus planes de construcción nacional vía imposición lingüística.
En una sociedad abierta (por imperfecta que sea) siempre habrá quien se niegue a transitar uno de los más antiguos procesos tribales: "Es preciso que los vencidos reconozcan libremente su culpa. Es precisa una confesión de culpabilidad que no parezca arrancada sólo por la violencia. Se exige que los malditos den su bendición a la maldición que cae sobre ellos." (René Girard, La ruta antigua de los hombres perversos) Sólo en ese sentido, el de la pervivencia de un puñado de malditos contumaces opuestos al "proceso totalitario" (sigo con Girard) de autoinculpación, cabe llamar "éxito" a la manifestación.
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