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Un anuncio de bonos del Tesoro ha incurrido en mortal pecado de incorrección política y la Nación contiene el aliento. No es para menos. Las croquetas, ese producto tradicional, útil y familiar, han dejado de ser políticamente neutras. Ahora, puede resultar degradante hacerlas. Todo depende de quién las eche en la sartén. Si es "mi Puri", como ocurre en ese spot del "Gobierno de España" que desean censurar las guardianas de la ortodoxia, se contribuye a perpetuar un horrible estereotipo. A quién se le puede ocurrir algo tan socialmente dañino cómo relacionar a la mujer con la cocina. Eso es anatema, señores.
Desde el advenimiento de Zapatero, hemos importado la dictadura de la corrección política con décadas de retraso, pero sin ahorrarnos ni uno de sus rasgos más ridículos. Al contrario, como parvenus que son, nuestros políticos exacerban el celo vigilante y no se salvan de él ni las croquetas. Y mucho menos el humor. El humor no es eximente; es más, está proscrito. En las bromas y en los chistes afloran con especial descaro esos erróneos modos de pensar que se propone erradicar de la mente colectiva un puritanismo de izquierdas, que ha encontrado aquí partidarios en la derecha. La tontería es contagiosa.
La senadora del PP que ha denunciado la flagrante infracción de las leyes escritas y no escritas que supone el anuncio podía haberse limitado a señalar la incoherencia de un gobierno, que ha levantado el estandarte de la purga del lenguaje para introducir a la sociedad en su lecho de Procusto. En lugar de ello, ha legitimado las bases sobre las que se levanta esa absurda imposición, que no son otras que la victimización de ciertos grupos –la mujer, en este caso– y la discriminación positiva.
En 1999, en un instituto de Amherst, Massachussets, las autoridades cancelaron la representación de West Side Story alegando que podía ofender a las minorías étnicas. Nadie detalló cuáles eran los estereotipos ofensivos que introducía la obra. Bastó que se mencionaran términos como "estereotipo racial", "racismo" o "insensibilidad" para que se ordenara la censura. Mientras esperamos que alguien explique por qué es sexista y discriminatorio que un hombre tenga en alta estima las croquetas que hace su mujer, nos entretendremos imaginando versiones políticamente correctas del anuncio. Cuán distinto sería todo si Puri elogiara las croquetas de Manolo.
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