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Según el New York Times, la designación del senador Joe Biden como candidato a la vicepresidencia aporta "experticia extranjera" al equipo del Partido Demócrata. Y es que un argumento utilizado por los republicanos contra Barack Obama es su limitada experiencia en política internacional, por lo que tener a su lado a alguien con conocimiento de las relaciones extranjeras lo ayuda considerablemente.
Pero Biden, al igual que el presidente Bush, parece empeñado en reiniciar la Guerra Fría con Rusia, aquella que ganó el presidente Reagan sin disparar un tiro. Biden, unos días antes de su nominación a la vicepresidencia, viajó a Tiblisi para apoyar al presidente de Georgia en su conflicto con Rusia, declarando su respaldo al ingreso de Georgia como miembro de la OTAN. La entonces llamada Alianza Atlántica fue creada en 1949, después de que el Congreso permitiera alianzas militares en tiempos de paz como reacción al bloqueo soviético de Berlín.
Recientemente, el presidente Bush declaró que "Estados Unidos condena la decisión del presidente ruso de reconocer la independencia de Osetia del Sur y Abjazia" y que Rusia debe "reconsiderar" esa "irresponsable decisión… que complica las negociaciones diplomáticas". Eso nos recuerda cuando Moscú estaba metido de lleno en Cuba. Seguramente que sin el implícito apoyo de Estados Unidos, el presidente de Georgia, Mikheil Saakashvili, hubiera actuado más diplomáticamente en su fallido intento de impedir la separación de esas provincias pobladas por muchos rusos.
En la columna de Dimitri Medveded, publicada en el Financial Times del 27 de agosto, el presidente de Rusia relata que con el colapso de la Unión Soviética, 25 millones de rusos quedaron desperdigados en diferentes países.
Esta nueva amenaza a la paz mundial complica el ambiente electoral en Estados Unidos, ya que uno de los atractivos de Obama para electores independientes y republicanos hastiados de que Bush haya incumplido sus promesas de reducir el tamaño del Estado –endeudando más bien a varias generaciones venideras– es el regreso a la paz, dejando de sacrificar vidas norteamericanas en costosos y fracasados intentos de democratizar a Irak y pacificar a Irán.
Ni Biden ni Bush ni McCain parecen haber considerado que admitir a Georgia como miembro de la OTAN contradice la posición inteligente y tradicional de ese organismo de no aceptar como nuevos miembros a países con conflictos territoriales internos.
Recordemos que el apoyo de Biden –como presidente del Comité de Relaciones Extranjeras del Senado– resultó crucial en la decisión de invadir a Irak en marzo de 2003, sin antes haber comprobado relación alguna entre el gobierno de Saddam Hussein y los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Esto quizás aclara la gran diferencia entre lo que significa tener experiencia en asuntos extranjeros y ser sensato.
La costumbre del presidente Bush y de su secretaria de Estado, Condoleezza Rice, de estar constantemente pontificando al resto del mundo sobre cómo deben actuar sólo ha ganado enemistades a Estados Unidos.
Por el contrario, la manera de fomentar el acercamiento y las buenas relaciones alrededor del mundo es abriendo las fronteras al libre comercio y libre flujo de capitales (como está sucediendo con China) y no acorralando a Rusia con los nuevos miembros de la OTAN –Estonia, Latvia, Lituania, Polonia, Rumania, Albania, Bulgaria, la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia y Albania– o construyendo muros en la frontera con México.
Para terminar esta lamentable lista de errores, la mejor ayuda recibida por Rusia y las dictaduras de la OPEP ha sido la política petrolera de Washington, que está resultando casi tan costosa como la guerra en Irak.
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