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Columna publicada el 02-10-2008
Refiriéndose a la crisis económica escribe el historiador inglés Max Hastings:
Su padre escribió por entonces: "A lo largo de mi vida, este país ha pasado de ser una de las naciones más ricas del planeta a ser una de las más pobres"."La experiencia más angustiosa de la que los británicos guardan memoria no es la guerra, que les ofreció notables estímulos compensatorios, sino el período posterior. A finales de los años cuarenta los alimentos seguían racionados. Había una escasez desesperante de combustible. La gente sufrió horribles privaciones durante los meses del crudo invierno de 1947. De pronto los británicos fueron conscientes de que, aunque habían ganado la guerra, eran los grandes perdedores de la paz. su imperio se estaba desmoronando".
Por lo tanto, concluye Hastings, la crisis de hoy no debe encararse con especial preocupación: "Si lo peor que puede ocurrirnos es que perdamos algo de dinero, no parece correcto que le demos tanto bombo"; en definitiva, comparado con otras situaciones dramáticas vividas por el mundo en el siglo XX, el problema "es muy alarmante, pero (...) la verdad es que no tiene gran importancia".
Quizá sí y quizá no. Aparte de los sacrificios para la gente, duros aunque pasajeros (es de esperar), la crisis traerá consigo un duro golpe al prestigio de las democracias, mermará su capacidad de reacción y estimulará todo tipo de ataques internos y externos a ellas, en un momento en que Rusia recupera parte, al menos parte, de la política exterior soviética, Irán amenaza con convertirse en potencia nuclear, China podría verse tentada a alguna que otra aventura en relación con Formosa u otras latitudes, las mejoras de la situación en Irak se descompensan con el empeoramiento en Afganistán y Pakistán y en Latinoamérica resurgen unos populismos provocadores. En tal contexto la crisis oscurece mucho más las perspectivas.
El artículo de Hastings sugiere una observación de otro tipo: Reino Unido ganó la guerra en compañía de Usa y la URSS, pero salió prácticamente en bancarrota. Y si pudo rehacerse se debió ante todo a la extraordinaria generosidad useña.
No era eso lo que esperaban Churchill o Hoare, que contestaban con increíble arrogancia a las cartas de Franco, a quien daban por condenado definitivamente. Pero Franco entendió bien tres cosas: que la alianza de los anglosajones con Stalin no podía durar mucho, que Gran Bretaña pasaría a una posición secundaria a favor de Usa y que la reconstrucción de Europa iba a exigir demasiadas energías y preocupaciones para que los vencedores pudieran arriesgarse a una nueva guerra civil en España.
La realidad le dio la razón y pudo resistir en una época en que, como titulo –creo que con justicia– la última parte de Años de hierro, "el mundo entero estaba contra él", a punto de aplastarlo. Franco, hombre mediocre y torpe, aseveran muchos historiadores con curiosa insistencia.
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