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La peregrinación del líder de la oposición a La Moncloa parece normal a fuer de recurrente, pero se trata de un caso singular. Ni en el 10 de Downing Street ni en el Palacio del Elíseo ni en la Casa Blanca tienen por costumbre recibir a los dirigentes del partido opositor a cada momento. Los acuerdos se negocian en otra parte y, sobre todo, en el Parlamento. Pero aquí se ha inventado una nueva e irregular institución: los tête-à-tête entre los dos jefes de turno, tan ineficaces como vistosos, y especialmente benéficos para el Gobierno, que invita a su oponente como si fuera alguien para dejar claro que no es nadie y aún puede presumir de dialogante y magnánimo.
Estas escenas del sofá, humillantes para la oposición y para la democracia, tienen éxito en España. Parece que tocan fibras sensibles. Representan el eterno retorno del mito del consenso de la Transición y colman ese sueño de ver unidos y no peleados a los políticos que llevan muchos españoles en su corazoncito. Resulta que una sociedad que cada vez se declara más antifranquista –a destiempo, por supuesto– guarda rasgos del franquismo más fetén, como el rechazo a la política.
No gusta el enfrentamiento y tampoco el desacuerdo. El guirigay parlamentario está mal visto. ¡Que dejen de discutir y se junten por el bien de todos! es una exclamación corriente. Y es transversal el deseo de unanimidad. Se extiende a derecha y a izquierda. En ambos lados hay tradición de repudio de la pluralidad y de la confrontación, que es su inevitable consecuencia. En la derecha, por su apoliticismo y en la izquierda, por lo contrario.
En fin, tantas son ya las visitas de Rajoy al jefe del Gobierno que bien podían levantar una Casita de la Oposición en los jardines de La Moncloa. Un pabellón como la Casita del Príncipe que hay en El Escorial facilitaría esos frecuentes intercambios y simbolizaría el lugar que Zapatero desea para el PP y que una parte del PP también ansía. Es el papel de una oposición intramuros, que no saca los pies del marco político e ideológico del zapaterismo. Un pied-à-terre en terrenos monclovitas ratificaría la disposición rajoyesca y en apariencia versallesca a ayudar al Gobierno en los asuntos que le causan más desgaste.
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