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Repentinamente, como inspirados por los tonos ocres y encendidos del otoño, tres Mosqueteros de incalculable valor han salido de sus refugios para aprestarse a defender la libertad de prensa. Tan egregios defensores de la libertad son, sí créanme que son ellos, Juan Carlos de Borbón, Alberto Ruiz Gallardón y José Luis Rodríguez Zapatero.
Le aseguro, querido lector, que el estupor que produce la contemplación de semejante oda a la hipocresía no es nada despreciable. Veamos cuál ha sido la secuencia de los acontecimientos. Con ocasión de la inauguración de la Asamblea General de la Asociación Internacional de la Prensa, han intervenido nuestros tres adalides. Así por orden de aparición, como los actores secundarios en los títulos de crédito, el primero fue el Rey, el segundo el Alcalde y el tercero el Presidente.
El monarca destacó que los poderes públicos deben garantizar la libertad de prensa y pidió a los periodistas que desempeñen su tarea de una forma "veraz e imparcial". Lo que ignoramos es que entiende él por veraz y por imparcial, cuando con ocasión de la celebración de la fiesta –de lo que queda de la Hispanidad– el próximo día doce en el Palacio Real, ha prohibido la asistencia de prensa aduciendo peregrinas razones de espacio. Este señor ignora que los españoles tenemos derecho a saber qué sueldo le pagamos y qué incrementos ha experimentado, además de otras cosas menos trascendentes.
En segundo lugar ha aparecido Alberto Ruiz, preboste del Palacio de Correos, fatuo ideólogo rajoyesco e inquisidor mayor de la villa y corte con todo aquél que no le hace la ídem. Así, tras perseguir denodadamente a Federico Jiménez Losantos por haber dicho la verdad (ya se sabe que en ocasiones las verdades duelen) se permite el alcalde decir que "quien cercene la libertad de expresión de los periodistas difícilmente podrá ser reconocido como democrático". Pues nada Albertito, tú como Fidel. Este Albertito, el señor Alcalde, es un personajillo que supo sabiamente administrar la herencia que le significó el llevar el apellido de su padre y sólo conoce la libertad al más puro estilo cubano. Se diría que fue él mismo quién inspiró el artículo 52 del texto caribeño. Este precepto reconoce libertad de prensa para ayudar a la construcción de la sociedad socialista y se prohíbe la propiedad privada de cualquier medio de comunicación. Así que ya se ve, libertad sí, pero para alabar al intendente de la ciudad.
Y por último, Roland, Parsifal, Amadis y Tirante el Blanco no juntaron en sus hazañas el arrojo y la gallardía que ha demostrado José Luis Rodríguez, en defensa de la libertad. ¡Qué cara más dura! Después de cinco años persiguiendo a todos los medios que no son afines al Gobierno, tras calculadas oleadas de descalificaciones –hacia los pocos que resistimos en España– amamantadas en Ferraz, de concesiones sectarias de emisoras, de repetidas comparecencias de Pepe Blanco y adláteres amenazando a la Conferencia Episcopal si no cerraba la COPE. Después de las orquestadas campañas contra la libertad, de las que han sido cooperadores necesarios la mayoría de empresas de la comunicación, José Luis Rodríguez se despacha ahora alabando las bondades de la crítica al poder. Decía La Rouchefocauld que la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud, nunca fue más cierto.
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