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Los idiotas de oro no pueden hacer más de lo que hacen pues, como el escorpión de la fábula, lo llevan en su naturaleza. Jamás aprenderán porque en la paralización de sus pseudo ideas, en la congelación de su percepción de lo público a la que procedieron ha mucho, radica la gracia, la comodidad y el embeleco. Ahí Madonna, cincuentona y resultona, aunque, todo hay que decirlo, empeñarse en abrirse de piernas a la primera de cambio no constituye el cénit de la danza ni la más sutil de las seducciones. Eso sí, el chimpancé que llevamos dentro da cada vez un bote de alegría. Se repite en Madonna la pauta, que tan bien conocemos, del multimillonario progre americano, espejo de los nuestros, que tendrán menos millones, pero compensan el diferencial con un mayor "compromiso" (léase maniqueísmo agresivo). Madonna ha prohibido a la Palin el acceso a sus espectáculos. Es una modalidad de la promoción gratuita, de la fabricación de noticias: la foto de la esforzada cincuentona copa portadas desde la nada y, encima, cae simpática al mundial progrerío, haciéndose perdonar tanto exceso, lujo y molicie.
A mí me dan un repelús especial esos colegas de la pájara que se exhiben una vez al año con un negrito en brazos, un nene perseguido por las moscas. El marketing solidario aplicado a la promoción de personajes de la canción o el cine constituye la vertiente más repugnante de dos mundos: el de la mercadotecnia y el de la solidaridad, cuya coyunda hay que tratar con muchísimo cuidado.
En España tenemos ejemplos para un par de libros, pero no me saco de la cabeza lo que vi y oí ayer en un documental de la televisión española. Era una sucesión de testimonios sobre cómo se le había quedado el cuerpo a cada cual con el atentado del 11-S y la caída de las Torres Gemelas. Es importante recordar que aquellos sucesos y, sobre todo, la reacción que provocaron en el mundo de la cultura, la prensa, las artes occidentales, está en el origen de varias sonoras caídas del caballo. Algunos de los mejores liberales con que cuenta este medio abandonaron la cosmovisión de la izquierda justamente en ese punto. Hasta ahí habían llegado.
Uno de los testimonios del documental era el de Rosa Regás, que aúna en su larga existencia el pijerío desdeñoso, la gauche divine y su mitificada farándula, el Bocaccio de la calle Muntaner (el "señor Bocaccio" era Oriol Regás), la escritura, los premios literarios, la amenaza de abandonar España si el PP ganaba las elecciones, la dirección de la Biblioteca Nacional y allí, una etapa de despilfarro y cacicadas. ¿Qué dijo la señora Regás sobre los atentados, tras aclarar que había echado alguna lagrimilla? ¿Cómo resumió sus complejas y ricas sensaciones del momento? Así: "Pensé que se lo habían ganado".
Lo que se ganó la generación de Bocaccio nunca ocurrió en la realidad. Lo imaginó en un cuento Juan Marsé, recuperando a un Pijoaparte que soñaba con mearse sobre las cabezas de toda aquella gentuza que aún pontifica.
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